JAIME ALONSO CUEVILLAS, DE LA TELE AL PARLAMENTO

La última y única vez que estuve con Jaime Alonso Cuevillas fue en 1997 cuando era Decano del Colegio de Abogados de Barcelona. Lo fue por poco tiempo, ya que su mandato fue suspendido a raíz de  varias querellas que le interpusieron Montserrat Avilés y otros diputados de la Junta de Gobierno. La causa: El cobro irregular de dietas como decano, el pago de una encuesta electoral de su candidatura y el desvío de fondos de las cuentas colegiales para costear la restauración de su despacho. Las denuncias devinieron en inútiles, al ser archivadas por jueces cercanos a la retaguardia del Opus Dei y la Falange, tras muchos recursos, incidentes y otras vicisitudes procesales que duraron más de un año. 

En la causa de la Audiencia de Barcelona, el Fiscal solicitó para Cuevillas penas de cárcel e inhabilitación superiores a cuatro años. Hijo de un jerarca de la FET y de las JONS, fue absuelto por ser quien era, pero el Tribunal en la sentencia le afeó su conducta de deslealtad profesional. En aquella época, ni se llamaba Jaume como ahora, ni gritaba ‘Visca Catalunya’, sino todo lo contrario. Llevaba alrededor de la muñeca una bandera española, y su toga, pútrida y rancia, despedía un fuerte olor a naftalina. Tampoco logró su mayor anhelo: salir en la televisión como comentarista de opinión como hace ahora, revelando a la audiencia secretos profesionales de cariz procesal.       

Cuando fue contratado por el President Puigdemont para formar parte del colectivo de abogados para su defensa –el buen hacer burocrático de Cuevillas no se debate- por obra y gracia del Procés, se convirtió en un independentista radical, en un demócrata de toda la vida, en un tertuliano clarividente y lúcido y, por encima de todo, en un cómico excéntrico y chocarrero, pletórico de gestos y dichos extravagantes. En su patética aparición en el programa de TV3, ’La nit dels Oscars’, quiso emular a Andreu y Dalmau, sus protagonistas, con un papanatismo más propio de un pasmarote que de un jurista.

Pero la hazaña más relevante que reveló políticamente su imagen, fue cuando invitó a Steven C. Krane, decano de los abogados de Nueva York, para entregarle la medalla honorífica del ICAB barcelonés. Krane, republicano y ‘fascistoide’, era un  tragaldabas que permanentemente soñaba con ser Presidente de los EE.UU mientras devoraba hamburguesas. Con el beneplácito de Cuevillas que aplaudía todas sus sandeces se proclamó a si mismo protector de los buenos frente a los malos, defensor de los ricos en contra de la maldad de los pobres, protector de los blancos de las fechorías de los negros y paladín de la gente de bien en defensa de la virulencia de los hispanos. Krane solventaba aquellas injusticias sociales con la pena de muerte o la cárcel de Guantánamo.

Víctor Amela en ‘La contra’ de ‘La Vanguardia’ (maldita hemeroteca, pensará Cuevillas) lo definió así:

-‘Krane es directo y franco: aplaude la guerra preventiva de Irak y las medidas impuestas por Bush para los terroristas de Guantánamo porque, según afirma, ‘se les concede más garantías de las que se merecen’, y es un ferviente defensor de la pena de muerte porque ‘evita que los asesinos vuelvan a delinquir’.”

Fue la única vez que Cuevillas mezcló el derecho con la política. Impuso la condecoración a Krane en un acto público y solemne presidido por las autoridades gubernativas y judiciales de entonces. Los medios informativos se hicieron eco de las palabras pronunciadas por aquel peculiar letrado estadounidense de extrema derecha.Pensé entonces que, como compensación a tan alta distinción, Krane tendría que obsequiar a Cuevillas a presenciar como invitado especial algunas ejecuciones en los mejores patíbulos de América. Así comprobaría la belleza de la silla eléctrica en funcionamiento, el agridulce olor de la cámara de gas y la sobriedad de la inyección letal. Sería testigo de excepción del mejor de los sistemas de redención de los reos: la muerte.

Para muchos, la justicia sigue siendo un cachondeo pero en realidad no es así. En nuestro entorno judicial no existe engaño. Existe un porcentaje muy elevado de ciudadanos que conocen el ideario social y político de casi todos ellos. El posible fingimiento de algunos magistrados siempre o casi siempre es descubierto. Pero no ocurre lo mismo con el poder legislativo. La mayoría de políticos son trepas que pugnan por alcanzar sus intereses personales. Lo que se oculta tras sus rostros es un enigma indescifrable y misterioso.

Así lo acredita la designación a dedo de Cuevillas por el presidente Puigdemont para encabezar la lista de candidatos de La Crida – su nuevo partido para el Congreso-  sin el beneplácito de sus bases ni de los vecinos de Girona. Son muchos los diputados y senadores que no dicen lo que piensan ni creen en las propuestas que tienen que defender. Tanto Cuevillas como Krane debieran reflexionar sobre lo que su admirado presidente Reagan dijo una vez en plena borrachera: la política es la profesión más baja, mezquina y despreciable de todas las que existen. En ella hay adversarios y correligionarios pero los segundos son los más perversos y peligrosos. 

QUIM TORRA A MEDIA VOZ

Aunque les parezca insólito José Montilla fue ‘la voz de su amo’ de Miquel Iceta y no al revés. Iceta, estratega político del PSOE de Felipe González, siempre odió a Maragall por haber conseguido que en septiembre de 2005 se aprobara el proyecto del Estatut. Fue el principio del ‘Procés’ y la aplicación de la línea dura del PP bajo el mandato despótico del rey Juan Carlos. Las fuerzas de ocupación y la actuación del poder público desarrollaron una campaña de desprestigio, acoso y derribo contra Cataluña, deshonroso y vergonzante porque ‘significaba un grave peligro para la unidad de España’. El viejo discurso unionista de Aznar rehabilitado por Casado. Los populares formularon un recurso de inconstitucionalidad ante el TC contra el Estatuto que prosperó, en contra de la voluntad popular y la decisión mayoritaria de ambas cámaras legislativas del Estado. El resto ya lo saben. 

Al President se lo cargó Iceta para poner al frente del Gobierno catalán a su amigo Pepe Montilla, el más torpe, obtuso y aburrido acólito del aparato socialista y así tiranizar a su antojo la nacionalidad más rebelde del Estado. Maragall había sido defenestrado por Iceta y sus acólitos de la 5ª Columna. Con él se fueron al traste las ilusiones y los sueños de independencia de muchos catalanes que pensaron que con su civismo, audacia y decisión se hubiese cambiado el curso de la historia. Pero no fue así. La opresión y la tiranía por parte de Madrid se propagaron hasta límites insospechados. Las tropas gubernamentales ocuparon Cataluña. Pero aquellas medidas represivas provocaron una reacción contraria, un tanto hostil, entre los ciudadanos de este país. Los independentistas cundieron como la espuma. El pueblo se rebeló contra la opresión y el despotismo del Gobierno. Se prodigaron las manifestaciones multitudinarias siempre pacíficas de rechazo a las resoluciones del TC anulando leyes catalanas.

La coerción del referéndum del 1-O, repelido a sangre y fuego por la policía que flageló, apaleó y linchó a propios y extraños sin ningún criterio, fue la gota que colmó el vaso. Aún así, triunfó un plebiscito democrático a favor de un único fin: vivir en libertad. Los partidos independentistas, desde la derecha convergente reconvertida a ‘JuntsxCat’  o al centrismo de ERC, se declararon en estado de guerra. Cada una de estas formaciones quiso capitalizar para sí los votos de la ciudadanía. La aplicación del 155 legalizó una violenta política de horca y cuchillo del Estado contra los políticos catalanes y sus partidarios. Tras muchas vicisitudes, Puigdemont y siete de sus consejeros se exiliaron a Bruselas. El resto de mandatarios catalanes fueron encarcelados ‘preventivamente’ por delitos de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos. Fue entonces cuando Quim Torra, ‘la voz de su amo’ de Carles Puigdemont, descendió del reino de los cielos para hacerse cargo de la Generalitat.

Fue en principio una coyuntura sin igual para la causa independentista si Torra no hubiese ido por libre y no se hubiera dedicado a hablar a media voz. Llegó a autoproclamarse ‘preso político’ cuando se inicio el juicio contra los patriotas catalanes. Charlaba por los codos con suficiencia y sin rebozos hasta el extremo de no saber si sus palabras eran suyas o del presidente Puigdemont en temas tan importantes como los presupuestos de Pedro Sánchez. Pero el pueblo que es sabio y prudente se percató de que Torra no era un estratega político. Percibió que cuando lanzaba improperios contra Sánchez era para ganar adeptos o por miedo a su propia incapacidad. Hubieran sido muchos los catalanes que hubiesen vetado los presupuestos ante los gestos de distensión del Presidente de Gobierno con Cataluña pero el sentido común aconsejaba todo lo contrario. Y en democracia, la sensatez es la ley de leyes, una norma superior que prevalece incluso ante la propia Constitución: ‘el buen sentido’, algo de lo que carece Torra.

He aquí el núcleo de la cuestión: si el ‘no’ a los presupuestos fue un ajuste de cuentas, un acto vindicativo contra Sánchez o un rechazo a su contenido por ser excesivamente progresista. El hecho de que la oposición la ejerciera el PP, Ciudadanos y los independentistas catalanes es más que relevante. JuntsxCat y ERC se aliaron con la derecha más recalcitrante del Estado contra las reformas más izquierdistas de la democracia: la consolidación fiscal, la cohesión social, la dignidad laboral, la creación de empleo y la modernización de la economía. Todo aquello que CiU sIempre quiso evitar. Pero fuere cual fuere la razón del ‘no’ lo cierto es que los partidos independentistas le regalaron al fascismo un salvoconducto mágico para reducir a cenizas nuestro país con un nuevo 155 indefinido y destructor. 

Una hecatombe que, sin duda alguna, provocará una reacción beligerante para conseguir el cambio de régimen tan deseado por nuestro pueblo. La ciudadanía, irremediablemente, que se verá obligada a convertir el pacifismo en revolución.   

La mafia de la Moncloa

La desafortunada y nefasta frase de Joan Tardà, portavoz de ERC en el Congreso, dicho en una entrevista en ‘La Vanguardia’ – (si hace falta, tendremos que sacrificar a Puigdemont) -, fue la punta de una solapada pugna entre partidos que motivó a Roger Torrent, Presidente del Parlamento, a suspender el pleno de investidura. La razón de su decisión fue cuando menos ingenua: “mantenerse dentro de la legalidad a la espera de que el TC resuelva el recurso del Gobierno central de impugnar a Puigdemont y vetar su proclamación a distancia”. Su iniciativa no tiene ningún sentido porque, como es sabido, el tribunal de garantías no rectificará su resolución. Continuar leyendo “La mafia de la Moncloa”