QUIM TORRA A MEDIA VOZ

Aunque les parezca insólito José Montilla fue ‘la voz de su amo’ de Miquel Iceta y no al revés. Iceta, estratega político del PSOE de Felipe González, siempre odió a Maragall por haber conseguido que en septiembre de 2005 se aprobara el proyecto del Estatut. Fue el principio del ‘Procés’ y la aplicación de la línea dura del PP bajo el mandato despótico del rey Juan Carlos. Las fuerzas de ocupación y la actuación del poder público desarrollaron una campaña de desprestigio, acoso y derribo contra Cataluña, deshonroso y vergonzante porque ‘significaba un grave peligro para la unidad de España’. El viejo discurso unionista de Aznar rehabilitado por Casado. Los populares formularon un recurso de inconstitucionalidad ante el TC contra el Estatuto que prosperó, en contra de la voluntad popular y la decisión mayoritaria de ambas cámaras legislativas del Estado. El resto ya lo saben. 

Al President se lo cargó Iceta para poner al frente del Gobierno catalán a su amigo Pepe Montilla, el más torpe, obtuso y aburrido acólito del aparato socialista y así tiranizar a su antojo la nacionalidad más rebelde del Estado. Maragall había sido defenestrado por Iceta y sus acólitos de la 5ª Columna. Con él se fueron al traste las ilusiones y los sueños de independencia de muchos catalanes que pensaron que con su civismo, audacia y decisión se hubiese cambiado el curso de la historia. Pero no fue así. La opresión y la tiranía por parte de Madrid se propagaron hasta límites insospechados. Las tropas gubernamentales ocuparon Cataluña. Pero aquellas medidas represivas provocaron una reacción contraria, un tanto hostil, entre los ciudadanos de este país. Los independentistas cundieron como la espuma. El pueblo se rebeló contra la opresión y el despotismo del Gobierno. Se prodigaron las manifestaciones multitudinarias siempre pacíficas de rechazo a las resoluciones del TC anulando leyes catalanas.

La coerción del referéndum del 1-O, repelido a sangre y fuego por la policía que flageló, apaleó y linchó a propios y extraños sin ningún criterio, fue la gota que colmó el vaso. Aún así, triunfó un plebiscito democrático a favor de un único fin: vivir en libertad. Los partidos independentistas, desde la derecha convergente reconvertida a ‘JuntsxCat’  o al centrismo de ERC, se declararon en estado de guerra. Cada una de estas formaciones quiso capitalizar para sí los votos de la ciudadanía. La aplicación del 155 legalizó una violenta política de horca y cuchillo del Estado contra los políticos catalanes y sus partidarios. Tras muchas vicisitudes, Puigdemont y siete de sus consejeros se exiliaron a Bruselas. El resto de mandatarios catalanes fueron encarcelados ‘preventivamente’ por delitos de rebelión, sedición y malversación de caudales públicos. Fue entonces cuando Quim Torra, ‘la voz de su amo’ de Carles Puigdemont, descendió del reino de los cielos para hacerse cargo de la Generalitat.

Fue en principio una coyuntura sin igual para la causa independentista si Torra no hubiese ido por libre y no se hubiera dedicado a hablar a media voz. Llegó a autoproclamarse ‘preso político’ cuando se inicio el juicio contra los patriotas catalanes. Charlaba por los codos con suficiencia y sin rebozos hasta el extremo de no saber si sus palabras eran suyas o del presidente Puigdemont en temas tan importantes como los presupuestos de Pedro Sánchez. Pero el pueblo que es sabio y prudente se percató de que Torra no era un estratega político. Percibió que cuando lanzaba improperios contra Sánchez era para ganar adeptos o por miedo a su propia incapacidad. Hubieran sido muchos los catalanes que hubiesen vetado los presupuestos ante los gestos de distensión del Presidente de Gobierno con Cataluña pero el sentido común aconsejaba todo lo contrario. Y en democracia, la sensatez es la ley de leyes, una norma superior que prevalece incluso ante la propia Constitución: ‘el buen sentido’, algo de lo que carece Torra.

He aquí el núcleo de la cuestión: si el ‘no’ a los presupuestos fue un ajuste de cuentas, un acto vindicativo contra Sánchez o un rechazo a su contenido por ser excesivamente progresista. El hecho de que la oposición la ejerciera el PP, Ciudadanos y los independentistas catalanes es más que relevante. JuntsxCat y ERC se aliaron con la derecha más recalcitrante del Estado contra las reformas más izquierdistas de la democracia: la consolidación fiscal, la cohesión social, la dignidad laboral, la creación de empleo y la modernización de la economía. Todo aquello que CiU sIempre quiso evitar. Pero fuere cual fuere la razón del ‘no’ lo cierto es que los partidos independentistas le regalaron al fascismo un salvoconducto mágico para reducir a cenizas nuestro país con un nuevo 155 indefinido y destructor. 

Una hecatombe que, sin duda alguna, provocará una reacción beligerante para conseguir el cambio de régimen tan deseado por nuestro pueblo. La ciudadanía, irremediablemente, que se verá obligada a convertir el pacifismo en revolución.