LOS JUICIOS PARALELOS DE ‘EL PROCÉS’

En el teatro, los dramas judiciales han sido siempre grandes éxitos de taquilla. El ceremonial del circo de la justicia. El vestuario de sus lacayos y el lenguaje rimbombante y fastuoso, convierten a los juicios en extraordinarias representaciones de Gran guiñol. Esta es la causa del monumental interés ciudadano suscitado por el enjuiciamiento de «el Procés». Sus protagonistas son auténticos. Se interpretan a sí mismos, a excepción de Manuel Marchena, que en su rol de presidente del tribunal disimula su parcialismo y dice lo que no piensa, en un empeño baldío de embaucar a miles de observadores de la Europa democrática.

Pero los grandes enemigos de “el Procés” son los juicios paralelos que, con su información sesgada y análisis mendaz, manipulan la opinión de los espectadores. En Cataluña, esa suerte de procesos proclaman la arbitrariedad del Tribunal y la absolución de los inculpados, mientras que en la España profunda, declaran pública y solemnemente el derrumbe del independentismo y las nefastas consecuencias del fracaso del soberanismo. El derecho a la información, a la libertad de expresión y a la publicidad de los juicios, son mandatos inalienables, pero las opiniones tendenciosas y arbitrarias de esos pseudo juristas de ocasión son nefastas. Celebro la retransmisión del juicio en el canal 3/24 para Cataluña pero lamento que se haya vetado su visión a los televidentes del resto del Estado. Los españoles solo pueden presenciar a unionistas próximos a partidos de centro (algunos cercanos a VOX), como Antonio García Farreras, Francisco Marhuenda, Eduardo Inda, María Claver o José Luís Roig. Estos gacetilleros mediáticos embisten contra todo aquello que no les gusta ni, por supuesto, entienden. Algunos han llegado a dogmatizar, entre otras impudicias, que «la ANC se reafirma como gestora del disturbio callejero» o que «Omnium Cultural no tiene nada que ver con la cultura». En nombre de la España invertebrada, totalitaria y carca del rey Borbón, fomentan la discordia entre las gentes de buena voluntad avivando el odio contra Cataluña.  

 Tampoco apruebo a los tertulianos soberanistas que, con palabras simples y plumas envenenadas, descargan su aversión a la justicia sin saber por qué. Otros, como Joan Queralt, se empeñan en clarificar lo obvio como si los espectadores fueran necios. Tampoco es de recibo el chismorreo artificial y vulgar que practican Helena Garcia Melero y Pilar Rahola en el programa ‘Tot es mou’, impropio de una cronista antológica y de una comunicadora de excepción.  

La actuación partidista de Marchena, las declaraciones engañosas de los guardias civiles, la afirmación surrealista de Enric Millo sobre el uso de detergente Fairy, las manifestaciones alevosas y falaces de Soraya Sáenz de Santamaría y Mariano Rajoy, la campaña electoral de VOX llevada a cabo por dos intrusos en estrados, las miraditas Consuelo Madrigal al fiscal Zaragoza, el único que domina el cotarro de la acusación, los interrogatorios incoherentes de Rosa María Seoane, la permanencia en prisión de los «sospechosos’» tras más de un año en «preventiva» son hechos tan evidentes y obvios que no precisan traducción alguna. Sobran los juicios paralelos. Porque el pueblo es sabio, sensato y prudente. No necesita la intervención de comentaristas ajenos al proceso, convertidos en ocasionales juristas de pacotilla.