LOS FISCALES DE LA VERGÜENZA

Los fiscales deben desempeñar su cargo con imparcialidad y tolerancia, y sus preguntas, en ningún caso, pueden ser capciosas, sugestivas ni impertinentes. Eso no lo digo yo; lo ordena la ley. En el siglo XVI los inquisidores de oficio pedían las penas más graves para los reos. Con frecuencia la muerte en la hoguera. El inquisidor de oficio tenía que saber los cánones, conocer los delitos y actuar en estrecha colaboración con los jueces. Los miembros de aquella tétrica institución eran sobrios, herméticos, sibilinos, esotéricos y diligentes, vivían clandestinamente y tenían que guardar un culto acérrimo a la justicia. Los acusadores públicos de antaño guardaban su identidad en secreto. Ahora salen por televisión.

Emulando al profesor Alejandro Nieto de la Complutense de Madrid les diré que los fiscales son los impulsores de la máquina judicial, los pesos pesados del derecho que arrastran la carga de los cientos y cientos de años de cárcel que impusieron a sus víctimas. Son tan imprevisibles y peligrosos como un tornillo suelto dentro de una máquina: chocan por todas partes. Los hay que cumpliendo instrucciones superiores, intervienen descaradamente en los sumarios para paralizar la actuación del instructor (casos Guerra o Lasa-Zabala) mientras que en otros procesos atacan sin cuartel hasta cobrarse la pieza (Roldán o Conde). Hay fiscales que de alguaciles se convierten en ‘alguacilados’ (Márquez de Prada, Gordillo) y otros que venden su conciencia a un postor político mancillando un pasado inmaculado,  como Fernández Villarejo. 

Durante mi largo recorrido por la encrucijada de la justicia he conocido inquisidores de todos los colores. He soportado a miles de fiscales atormentados por su oficio de ajusticiar que llevan a cuestas el cáliz de su amargura. Pero ninguno de ellos es comparable con Jaime Moreno, Javier Zaragoza, Fidel Cadena y Consuelo Madrigal, los acusadores del juicio del procès cuyo odio mortal a los independentistas les priva de su neutralidad. Se me antoja una cuatrinca vergonzosa y patética. Maestrillos mojigatos, vestidos con sotana o hábito monjil, les inculcaron en la posguerra los principios de la unidad de España y del nacional-catolicismo. Pero la peor de esta cuadrilla es Consuelo Madrigal, la fiscal general del Estado impuesta por Rajoy, antifeminista inconciliable con el aborto, de naturaleza dogmática, integrista y ultra-conservadora.

Pero lo imperdonable, lo que ha herido gravemente la voz de la conciencia colectiva, ha sido la manipulación que se ha llevado a cabo con los testigos. Para transformar simples concentraciones ciudadanas  en delitos de rebelión se ha obligado a miles de policías y guardias civiles a relatar hechos contrarios a la verdad. Sus respuestas son idénticas: ‘la masa’, ‘actitud hostil’, ‘miradas de odio’, ‘muralla humana’, ‘fascistas, asesinos, terroristas’… Algo tan evidente como indudable al borde del delito. Otro capítulo negro del juicio más falso, ignominioso y vil de nuestra historia.