LA FALSEDAD DE LA POLÍTICA

‘El vicio del poder’ (“Vice”) de Adam McKay, director y guionista independiente, es un documento fehaciente y auténtico sobre la falsedad de la política; un testimonio cinematográfico, siniestro y vomitivo a la vez, que reconstruye la reciente historia mundial a través de un relato mordaz y despiadado sobre Dick Cheney, el vicepresidente de Bush, Jr. Cheney fue el factor ejecutante de la guerra contra Sadam Hussein que se saldó con la muerte de 600.000 civiles, un millón de heridos y 80.000 mutilados iraquíes. Un genocidio que Cheney justificó con una sarta de mentiras sostenidas incluso ante la ONU y mediante torturas sistematizadas e infringidas con total impunidad a presuntos terroristas. (Interrogatorios en la sombra”, según él).

Su total y absoluta falta de escrúpulos, su dominio estratégico y control de los pozos de petróleo y la probada ineptitud de George W. Bush que, al igual que Donald Trump, no fue más que un títere irrisorio y ridículo que se agrandó al dedicar más tiempo en empinar el codo que a atender los asuntos de estado, hicieron posible que Dick Cheney accediera a la vicepresidencia convirtiendo un cargo vacío de responsabilidad en el centro de poder de un Gobierno que ha pasado a la historia como el máximo responsable de la magnicida respuesta a los atentados del 11 de septiembre.

Pero lo más relevante del guión de McKay es dar cuenta de la existencia de los que mueven los hilos del poder: la alianza entre la ‘plutocracia’ (el poder de los ricos) con la ‘patografía’ (el poder de degenerados cerebrales o locos de atar). Si trasladamos la cuestión al proceso catalán o a la España de nuestro tiempo, ¿Quién pretende aplicar de nuevo el 155 en Cataluña?, ¿Quien va a decidir si los diputados soberanistas aprueban los presupuestos de Pedro Sánchez?, ¿Por qué razón se ha impedido hacerse a la mar a los barcos Open Arms y Aita Mari para rescatar inmigrantes muertos o agónicos en el Mediterráneo? ¿Por qué Puigdemont demanda, sin previo aviso, a Roger Torrent, presidente del Parlament ante el Constitucional? ¿Cuál es la razón por la que existe una guerra abierta entre los partidos independentistas: sus causas son espurias o meramente dinerarias?

Si lo prefieren les propongo otras bases de discusión: ¿Cuál es la causa de que la ciudadanía haya dejado de creer en las organizaciones políticas independentistas? ¿Es la antigua ‘Convergència’ quien, en contra de sus principios conservadores, propone una República catalana libre, popular y soberana?

Para reflexionar sobre esas hipótesis es preciso volver la vista atrás. Los líderes presuntamente independentistas que aparecen en los medios o cuentan chistes en el Parlamento español – sean de Junts pel Sí,  o de ERC – no llevan la batuta; los dirigen otros doctrinarios de forma encubierta. El 1-O los catalanes se pronunciaron sobre su futuro a través de un referéndum que las fuerzas de seguridad no lograron impedir. La pregunta era muy simple: ¿Quería la ciudadanía,  un estado independiente en forma de república?  Sí, o no. El resultado fue propicio para el independentismo: 2.305.290 participantes y un 80,8% de votos afirmativos. Es decir: no fueron los partidos sino las mujeres y hombres de Cataluña quienes lo decidieron.

Los prebostes que mueven los hilos de la política desde la sombra tienen un único objetivo: generar el gran capital; y sus lacayos, los líderes de los partidos políticos, permanecen en sus poltronas para mantener sus prebendas y no perder los privilegios adquiridos a costa del pueblo. Pero, por fortuna, la mayoría de la ciudadanía se ha percatado de todas estos discursos maliciosos, embustes y enfrentamientos y, en consecuencia, ha sustituido a los partidos independentistas por otras plataformas sociales como son Omnium Cultural, la Assamblea Nacional Catalana, o los CDR.

Les recomiendo fervorosamente ‘El vicio del poder’, un repaso a la historia política de los EE.UU. a partir del final de la era Nixon (Watergate) hasta el 11-S y la posterior guerra de Irak. Pero, nos guste o no, Adam McKay nos introduce en el despacho oval de la Casa Blanca para que podamos conocer y valorar decisiones muy cercanas a nosotros que han interferido en nuestras propias vidas. Vayan a verla. Me lo agradecerán.