HACIA LA NADA

Son muchos los líderes de opinión que mantienen que «el Abogado Estrella» del juicio del Proceso fue Javier Melero. Yo creo todo lo contrario. Por desgracia, la estrategia de Melero fue convencional y tópica, aunque no exenta de profesionalidad. Melero, no se enteró de que se trataba de un juicio político, absolutamente injusto, fruto de la venganza unionista de Rajoy y sus acólitos del PP, compartida por Ciudadanos y secundada por algunos magistrados del TS, VOX y el mismo Sánchez. El letrado Melero, realizó un ejercicio técnico, academicista, y apolítico, en un juicio revolucionario, anulando la estrategia que se habían planteado otros abogados como Van den Eynde, Marina Roig, Olga Arderiu o Benet Salellas, que intentaron politizar el caso mediante el enfrentamiento con el tribunal.

Son muchos los líderes de opinión que mantienen que «el Abogado Estrella» del juicio del Proceso fue Javier Melero. Yo creo todo lo contrario. Por desgracia, la estrategia de Melero fue convencional y tópica, aunque no exenta de profesionalidad. Melero, no se enteró de que se trataba de un juicio político, absolutamente injusto, fruto de la venganza unionista de Rajoy y sus acólitos del PP, compartida por Ciudadanos y secundada por algunos magistrados del TS, VOX y el mismo Sánchez. El letrado Melero, realizó un ejercicio técnico, academicista, y apolítico, en un juicio revolucionario, anulando la estrategia que se habían planteado otros abogados como Van den Eynde, Marina Roig, Olga Arderiu o Benet Salellas, que intentaron politizar el caso mediante el enfrentamiento con el tribunal.

La actuación profesional de Melero, más propio de una causa por corrupción o robo, que de un delito de rebelión, fue todo un fracaso. Su calma, y ​​serenidad judicial, y la evidente complicidad, complotada y rastrera, con Manuel Marchena, el presidente del tribunal, que Melero proclamó explícitamente a finales de la vista, no consiguió la absolución de su cliente. Todo ello, fue una pura fanfarronada. El historial del reputado penalista le ha desautorizado, su estrategia procesal se ha convertido en un desacierto, tan confuso, como bien pagado por un cliente, al que, encima, se permite despreciar. El patinazo de Melero confirma todo lo que dicta el sentido común: que el abogado, en un juicio político, no es más que una figura ornamental y un colaborador necesario para que el simulacro del aparato procesal parezca auténtico y justo. Pero, unos juegos de palabras nunca podrán sustituir la constatación de la verdad, ni las astucias de un penalista reputado, tendrán fuerza para cambiar la finalidad política del proceso.

Durante el franquismo, en el que sí había presos políticos radicales, se formó un colectivo de abogados, que combatir la represión del TOP con actitudes y comportamientos beligerantes. Sus integrantes pusieron en práctica los juicios «de ruptura» en contra de los «de concordia o connivencia». Se enfrentaban con valentía al tribunal, jugándose su propia libertad, porque sabían que la sentencia ya estaba escrita y que los magistrados no daban ningún valor a las pruebas practicadas. Se les imponían multas, expulsiones, procesamientos, sanciones administrativas y, todos ellos, eran controlados escrupulosamente por la policía. Eran tiempos de gran represión, en los que los reclusos morían en las cárceles, de debilidad, agarrotados, o, se les llevaba directamente a los pelotones de fusilamiento. En aquella época Melero era funcionario de prisiones, partícipe de excepción de las vejaciones, la miseria y el hacinamiento de los presos. Después se hizo abogado.

Melero, en el libro que acaba de publicar afirma que «el juicio del Proceso ha sido justo, pero la sentencia injusta»: un intento de quedar bien con unos y con los otros: con sus clientes, y con el tribunal. Pero esto no se aguanta ni con pegamento ‘inmedio’. La sentencia es una parte inseparable del proceso. Melero, no deja de hacer declaraciones políticas a los medios de comunicación, despreciando el independentismo, que le paga la minuta. Su afán de protagonismo le ha llevado a despreciar a los abogados independentistas con estas palabras: «espero que todos ellos hayan puesto en sus minutas pluses patrióticos» o, tal y como manifestó por RAC1: «prefiero salir de copas con Marchena, Zaragoza , Moreno y Madrigal, que con mis clientes «.

No resulta racional que alguien, unionista, antisoberanista, promotor de Ciudadanos, integrado en el mismo sistema que ha encarcelado a su cliente, suba al estrado a defenderlo en contra de sus verdugos. Tampoco resulta coherente, que Joaquim Forn, licenciado en Derecho, concejal del Ayuntamiento de Barcelona, ​​primer teniente de alcalde con Xavier Trias y consejero de Interior del gobierno Puigdemont, haya podido caer en esta trampa tan pueril como absurda. Mientras tanto, Javier Melero escribe libros, con títulos convencionales, a costa de su cliente. Le propongo un nuevo título original para poner fin dignamente a su carrera literaria. Se dice así: ‘Pasaporte hacia la Nada’.

La actuación profesional de Melero, más propio de una causa por corrupción o robo, que de un delito de rebelión, fue todo un fracaso. Su calma, y ​​serenidad judicial, y la evidente complicidad, complotada y rastrera, con Manuel Marchena, el presidente del tribunal, que Melero proclamó explícitamente a finales de la vista, no consiguió la absolución de su cliente. Todo ello, fue una pura fanfarronada. El historial del reputado penalista le ha desautorizado, su estrategia procesal se ha convertido en un desacierto, tan confuso, como bien pagado por un cliente, al que, encima, se permite despreciar. El patinazo de Melero confirma todo lo que dicta el sentido común: que el abogado, en un juicio político, no es más que una figura ornamental y un colaborador necesario para que el simulacro del aparato procesal parezca auténtico y justo. Pero, unos juegos de palabras nunca podrán sustituir la constatación de la verdad, ni las astucias de un penalista reputado, tendrán fuerza para cambiar la finalidad política del proceso.

Durante el franquismo, en el que sí había presos políticos radicales, se formó un colectivo de abogados, que combatir la represión del TOP con actitudes y comportamientos beligerantes. Sus integrantes pusieron en práctica los juicios «de ruptura» en contra de los «de concordia o connivencia». Se enfrentaban con valentía al tribunal, jugándose su propia libertad, porque sabían que la sentencia ya estaba escrita y que los magistrados no daban ningún valor a las pruebas practicadas. Se les imponían multas, expulsiones, procesamientos, sanciones administrativas y, todos ellos, eran controlados escrupulosamente por la policía. Eran tiempos de gran represión, en los que los reclusos morían en las cárceles, de debilidad, agarrotados, o, se les llevaba directamente a los pelotones de fusilamiento. En aquella época Melero era funcionario de prisiones, partícipe de excepción de las vejaciones, la miseria y el hacinamiento de los presos. Después se hizo abogado.

Melero, en el libro que acaba de publicar afirma que «el juicio del Proceso ha sido justo, pero la sentencia injusta»: un intento de quedar bien con unos y con los otros: con sus clientes, y con el tribunal. Pero esto no se aguanta ni con pegamento ‘inmedio’. La sentencia es una parte inseparable del proceso. Melero, no deja de hacer declaraciones políticas a los medios de comunicación, despreciando el independentismo, que le paga la minuta. Su afán de protagonismo le ha llevado a despreciar a los abogados independentistas con estas palabras: «espero que todos ellos hayan puesto en sus minutas pluses patrióticos» o, tal y como manifestó por RAC1: «prefiero salir de copas con Marchena, Zaragoza , Moreno y Madrigal, que con mis clientes «.

No resulta racional que alguien, unionista, antisoberanista, promotor de Ciudadanos, integrado en el mismo sistema que ha encarcelado a su cliente, suba al estrado a defenderlo en contra de sus verdugos. Tampoco resulta coherente, que Joaquim Forn, licenciado en Derecho, concejal del Ayuntamiento de Barcelona, ​​primer teniente de alcalde con Xavier Trias y consejero de Interior del gobierno Puigdemont, haya podido caer en esta trampa tan pueril como absurda. Mientras tanto, Javier Melero escribe libros, con títulos convencionales, a costa de su cliente. Le propongo un nuevo título original para poner fin dignamente a su carrera literaria. Se titula así: ‘Pasaporte hacia la Nada’.