FARSANTES DE LA POLÍTICA

Después de los contrasentidos que cometió Pedro Sánchez para no pactar con Pablo Iglesias y promover unas nuevas elecciones, son muchos los ciudadanos que afirman que la política se ha convertido en un circo. La vida pública se ha transformado en una lona de tres pistas en la que los que trabajan sufren un estado de desgaste y deterioro inmensurables. Las razones que generaron el resultado no deseado de Rivera, Iglesias y Errejón en los pasados ​​comicios, fueron manifiestas: el cansancio de los votantes, las muchas falacias que se dijeron durante la campaña, y los crueles y despechados insultos a los soberanistas. Dos razones fueron suficientes para justificar el mal hacer de Sánchez. Las negativas constantes a reunirse con Quim Torra, y la exhumación de Franco del ‘Valle de los Caídos’ que le costó más de cincuenta escaños a favor de VOX. Estas dos bagatelas electorales del presidente promovieron, por parte del mundo independentista, nuevas, multitudinarias y radicales acciones de protesta contra la sentencia del proceso.

Lo que el pueblo no comprende es que los políticos digan hoy blanco y mañana hagan negro. Nadie se cree el dogma de fe que Pérez Rubalcaba proclamó en el Congreso de Suresnes, en 74: «La definitiva solución del problema de las naciones que integran el Estado Español -dijo- se resuelve reconociendo el derecho de autodeterminación», una doctrina ahora vilipendiada por los barones del PSOE. Es manifiesto, también, que tanto el conservador Rajoy, como el socialdemócrata Sánchez, secundados por sus fieles sirvientes Llarena, Marchena y los demás jueces politizados del TS, han avivado la llama del odio, la crispación y la intransigencia del pueblo catalán. Si la política «es el arte de gobernar un país» o, como dijo Azaña, «el estadio más elevado de la cultura», en la España posfranquista del rey Borbón esta honorable disciplina nunca ha existido.

La replica más clarificadora y contundente a las indiscriminadas agresiones, físicas y morales a los ciudadanos de Cataluña, la formuló, sorprendentemente, Torra en su alegato final del vergonzoso juicio por desobediencia promovido por VOX. Torra, pasó de ser inculpado a Fiscal. Hizo un análisis magistral, imparcial y crítico del proceso, que los miembros del Tribunal tuvieron que comerse con patatas fritas. Tampoco podemos olvidar a los auténticos protagonistas de esta historia, las víctimas propiciatorias de los tres poderes representados por gobernantes que a medida que pasa el tiempo se convierten en funcionarios. He conocido jueces politizados y diputados de todos colores. Abogados sin clientes, empresarios fracasados, gentes sin oficio ni beneficio, oportunistas o demagogos sin voluntad ni vocación, que han degenerado en politicastros para subsistir.

Otros lo hacen para satisfacer su vanidad en la creencia de que ser mandatario público conlleva la admiración, el respeto y la sumisión de los demás. Pero los ciudadanos abrigan contra ellos, sentimientos violentos de repulsión y de odio. Creo en la política, pero abjuro del sistema corrupto que la regenta, y tengo fe en la justicia, pero no en los magistrados que la administran. Este es el auténtico problema de la España regida por los Borbones. Los ciudadanos no entienden que Sánchez y Iglesias, tras decirse el nombre del cerdo, se abrazaran como viejos amantes. No se trata de cinismo. La realidad es otra. Ambos líderes, al fin, aprendieron la lección. Sabían que si no pactaban, se producirían, inexorablemente, unas terceras elecciones y que esta vez las ganaría la ultraderecha.

Si los cambios de criterio son posibles en política, hoy ha llegado la hora de aplicar el sentido común, la primera y principal constitución de los países democráticos basada en el tino, la sensatez y el raciocinio. ERC tiene que hacer lo que muchos independentistas no queremos. Pactar con Sánchez para que pueda ser investido como presidente de un gobierno de izquierdas haciendo frente al rechazo de sus correligionarios más neofobos de la derecha reaccionaria del PP, VOX y Ciudadanos. Pero es la única solución. Si no fuera así, Cataluña dejaría de tener un Gobierno propio para convertirse una colonia, como lo fueron Cuba, Puerto Rico o Filipinas, marcada por la severidad de la ley, ocupada por el ejército español, sujeto a una represión virulenta y arbitraria, juzgada gratuitamente por sedición, privada de un parlamento propio y con una dependencia tiránica y absoluta del opresor.