INSIGNES IGNORANTES

A los nacidos en la década de los 30 del siglo veinte les llamaban niños de la guerra. Nunca entraron en combate pero si fueron discípulos del miedo, el hambre y la metralla. A Franco le preocupaba más que hablaran catalán, que el hambre, el frío y la angustia que pasaban. El dictador creyó siempre -el rey Borbón opina igual- que el independentismo conduce irremediablemente al comunismo, destructor de la unidad y grandeza de la patria. En la escuela se practicó la censura histórica. Los libros de texto omitían cualquier referencia a la Generalitat, la ejecución de Companys, los fusilamientos del campo de la Bota o los cupones de racionamiento.

La censura franquista mutiló canciones, cortó películas y aniquiló ilusiones. La condena de la historia dejó en blanco, durante dos siglos, la memoria de millones de personas de este país. Por ello, muchos ciudadanos ignoran que el 6 de octubre de 1934, Lluís Companys proclamó la República Catalana. Ese día, el Presidente de la Generalitat asumió el poder en Cataluña y proclamó el Estado Catalán de la República Federal Española. Escasas horas después, el Gobierno de Madrid reprimía mediante las armas, aquella rebelión popular.

Fueron detenidos, además de Companys, los miembros del gobierno y todos los diputados, alcaldes y concejales implicados en la insurgencia. El ejército sofocó rápidamente el levantamiento. Sin posibilidad de victoria, los consejeros de la Generalidad se rindieron. El Tribunal, por catorce votos contra siete, los condenó a treinta años de prisión, aunque se formularon cinco votos particulares a favor de la absolución. Los objetores consideraron que se trataba de un acto político lícito y sin contenido penal. Mientras tanto, el Estatuto era suspendido y la Ley de Contratos de Cultivo fue anulada. Unos hechos muy similares a los del juicio del proceso de 2019 con las siguientes diferencias: la gran profesionalidad de los abogados, negociadores y mediadores de los inculpados de 1934 para encontrar soluciones políticas al asunto, en contra de la actividad amateur y poco rigurosa de los mediadores del 2017 que aún hoy no han conseguido ninguna solución.

A diferencia del juicio del proceso, en el que todos los letrados eran amigos o conocidos de los inculpados, al gobierno Companys lo defendieron figuras insignes del mundo político y social de toda España. Se escogieron a conciencia. Integraban el equipo: Ángel Ossorio y Gallardo, Mariano Ruíz-Funes, Luís Jiménez de Asua, Augusto Barcia y, Eugenio Cuello Calón el diputado socialista que redactó el código penal de 1932. Todos, eran abogados humanistas, enemigos de tecnicismos y de la frialdad del derecho. La estrategia de defensa fue la politización del caso para crear un juicio de opinión. No plantearon la causa como un enfrentamiento entre Cataluña y España, sino contra el despotismo de la Liga de Francesc Cambó y de la derecha española. El día 6 de junio, los acusados ​​fueron condenados a 30 años de prisión por rebelión a pesar de que, como los abogados eran grandes negociadores, pocos meses después, Manuel Azaña, presidente del consejo de ministros, los amnistió. Compañys recuperó la presidencia de la Generalitat y el gobierno fue restablecido en olor de multitud.

Ahora todo ha cambiado. La liberación de los presos después de dos años de cautiverio, el retorno de los exiliados y la celebración de un referéndum están en manos de dos eximios ignorantes: Gabriel Rufián de quien Ramón Cotarelo dijo que era más español que la cabra de la Legión ‘, representa a ERC. No tiene otros estudios que un par de cursos de graduado social en la Escuela del Trabajo y algunas trabajos esporádicos en’ el Corte Inglés ‘. Y Adriana Lastra, la apoderada del PSOE al abrigo de Pedro Sánchez, tampoco ha trabajado nunca pero ha ido acumulando millones desde que forma parte de la Ejecutiva Federal de su partido. Frank Capra, en sus películas, exaltó el sueño americano. Por eso doy gracias a todo aquel que de oficinista pasa a ser gerente de una empresa, pero ni la política ni los partidos que la controlan se pueden confundir en una fábrica de calzado.