EL MÁS PODRIDO DE TODOS

En su eterna campaña electoral Pedro Sánchez proclama la unidad de España en su discurso. Propone esencialmente la aplicación del artículo 155 y la exhumación de Franco del Valle de los Caídos. El día en que el dictador se fue con las bestias del averno fue el 20 de noviembre de 1975. Una jornada aciaga para los unos y gloriosa para los demás. Los que habían jurado sobre el evangelio su lealtad, desayunaron vino de misa y obleas para levantar su espíritu. Los que fueron víctimas de su bárbaro reconquistar lo hicieron con bocadillos de chorizo ​​y champán barato. El Caudillo fue sepultado en aquel mausoleo infamante que se hizo erigir él mismo junto a miles de sus víctimas. A su entierro acudieron fascistas, requetés, mandos de Falange, militares rebeldes y estúpidos de todo tipo en olor de santidad.

Franco promovió una guerra que causó un millón de muertos. Llamó bondad a la obediencia, orden al silencio, progreso a la destrucción, y ejecutó en nombre de la paz a todos los que quisieron ser libres. Franco, para expoliar a España, tuvo que partirla en dos. La justificación del sátrapa a su genocidio fue la de extirpar las nauseabundas herejías del liberalismo, el socialismo, el comunismo y el anarquismo.
Se han dicho muchas cosas respecto a su inminente exhumación aprobada por el Congreso de los diputados. Aun así, ahora surgen espíritus, exhalados por la política y trillados por la vida, que aún mantienen su lealtad. Pero ni unos ni otros han dado a conocer que Franco fue el mayor de los corruptos, un tarado amoral que no tenía conciencia de su propia putridez. Creía que todo lo que había en España le pertenecía. Inventó un expolio que lo convirtió en multimillonario. El Caudillo recibía en El Prado las almas vivientes que habían pedido audiencia previa la advertencia de su jefe de protocolo que debían cumplimentar con un presente como señal de respeto y complacencia. Añadía que el éxito de la entrevista dependía del valor de cada ofrenda.

El precio de los obsequios, joyas y lingotes de oro incluidos, ascendía cada semana a unos dos millones de las antiguas pesetas. Pero no todo su patrimonio lo consiguió así: el tirano instituyó la figura de los prisioneros de pago, a cambio de liberarlos del garrote vil, rapiñaba copiosos rescates. También ideó la «donación forzosa». Proclamó un real decreto obligando a sus súbditos a obsequiarle con sus propiedades. De esta se le adjudicó el Pazo de Meirás, una pequeña fracción de un patrimonio valorado en más de seiscientos millones de euros. El clan de los Franco hoy todavía controla una compleja red de sociedades mercantiles, constructoras, inmuebles, aparcamientos, clínicas y compañías de telecomunicación además de abundantes valores depositados en bancos internacionales.

Wilson Churchill manifestó que el castigo por los crímenes de guerra era el objetivo primordial de la justicia. Nadie puede comprender que los herederos de Hitler, Mussolini, Hussein o Ceausescu puedan rentabilizar unos bienes hereditarios expoliados a la ciudadanía. Pero España sigue siendo diferente. Los miembros del ejecutivo, los jueces y los partidos políticos tienen prohibido proceder en justicia contra los herederos de Franco. Los diversos gobiernos en apariencia progresistas de la católica España continúan imponiendo el pacto de «el olvido y el perdón» que negociaron los herederos del dictador con el Partido Comunista, el rey Juan Carlos I y el gobierno de Felipe González durante la transición.