Los derechos de los presos

Cuando un ciudadano ingresa por la razón que fuere en prisión se convierte automáticamente en un preso. No importa si se trata de un cualquiera o de una celebridad porque allí todas las personas son iguales. Tampoco prevalece que sea un político, un banquero, un paria o un famoso de esos que cuando permanecen en libertad salen cotidianamente por televisión. Pero al igual que en la vida -en que existe una justicia para ricos y otra para pobres- en las prisiones existen discriminaciones a favor o en contra de determinados internos. Eso es así porque, pese a que la Ley general penitenciaria mantiene que ‘la actividad de los funcionarios se ejercerá respetando la intimidad y la personalidad humana de los reclusos sin diferencia alguna por razón de raza, opiniones políticas, creencias religiosas o cualesquiera otra circunstancia de análoga naturaleza’, en la realidad no ocurre.

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 El glamour del conseller

Pub: EL PERIODICO Primera EDICION Dia: 06/09/2000 – Hora: 03:17  Josep Maria Loperena Abogado

El conseller de Cultura, Jordi Vilajoana, en una rueda de prensa celebrada en el Festival de Venecia, se lamentó de que las actrices catalanas, a diferencia de las madrileñas, no tengan glamour: «Ya está bien de aparecer en camiseta y zapatillas en TV-3. Para que la producción de audiovisuales de Catalunya triunfe es necesario que nuestras estrellas se pongan estupendas». Criticó a Emma Vilarasau y a Ariadna Gil, «por ser tan accesibles», para terminar pidiéndoles que «contagien glamour».

Según Cabrera Infante, el glamour es un invento de márketing. Ava Gardner, Elisabeth Taylor o Vivien Leigh lo irradiaron y Dorothy Lamour, Joan Fontaine o Virginia Mayo, no. Todas fueron bellas y algunas excelentes actrices. Para mí glamour es sinónimo de misterio, nostalgia, seducción o encanto. Es un producto de otras épocas que hoy sólo se conserva en el recuerdo. En Cannes 89 se abrió la veda. Cualquiera pudo pasear por la playa con Sally Field o tomarse una copa al lado de Jack Nicholson. Hoy el glamour sólo lo ambicionan los malos políticos. Los que permanecen en un falso pedestal y no conversan con las gentes de tú a tú y los que, con su perenne sonrisa publicitaria, difunden un falso Estado del bienestar.