CAMPANADES A MORT

Quaranta anys després -diría hoy Lluis Llach – el poble es recull quan el lament s’acosta als nostres dies i l’extermini d’una nació persegueix les nostres memòries, Porque -esto lo digo yo- las Campanades a Mort suenan más fuerte que nunca.

El autor de ‘L’Estaca’ luchó siempre por la igualdad, la democracia, la independencia, la libertad y la vida. Esas fueron las razones que ilustraron su declaración ante el más calumnioso, degradante y vergonzoso proceso de nuestra historia. Llach plantó cara a los jueces. Lo hizo con elegancia, sin ponerse lívido ni mudar de semblante o alterar la voz. Pero su cara a cara, abierto y claro, hizo que los inquisidores de oficio cambiasen de fisonomía: sus facciones se quebraron; sus rasgos se volvieron pálidos, carilargos y rubicundos. Por un momento dejaron entrever su odio hacia Cataluña. 

Cuando Javier Ortega Smith, abogado de VOX, inició su interrogatorio, Llach denunció su presencia en el juicio por representar a un partido de ultraderecha y expresó su protesta como ‘ciudadano homosexual, independentista y aspirante a serlo de todo el mundo’. Dió respuesta a los tres objetivos de este moderno Consejo del Santo Oficio instituido en 1478 y felizmente recuperado en pleno siglo XXI por el PP: defender la fe, perseguir la herejía, acabar con el soberanismo catalán y mantener la unidad de la monarquía borbónica. Los acólitos de aquel tribunal de la Inquisición le devoraron con la mirada. El presidente de la Sala le reprendió. Lo hizo con su habitual hipocresía y aparente corrección. Pero el cantautor catalán sabía que Manuel Marchena es el sucesor por derecho propio de los jueces inquisitoriales que condenaron a morir en la hoguera a miles de judíos, moriscos, herejes, brujos y homosexuales. Decidió prestar declaración.

No lo hizo por miedo sino que, por el contrario, tuvo el valor cívico de autoinculparse. Confesó que fue él quien sugirió a Sánchez y Cuixart, los Jordis, que se subieran encima de los coches de la policía para que les viese todo el mundo y pudieran desconvocar a la multitud. Se proclamó cooperador necesario del delito de rebelión que proclaman los fiscales. Años atrás se había querellado contra Felipe González cuando éste ya era Presidente de Gobierno. Fue una gesta solidaria, heroica y sin duda temeraria. En aquellos tiempos, me remonto a 1982, era de todo punto imposible llevar a juicio al Rey, al Presidente de Gobierno y a otros jerarcas del Estado.

Felipe se comportó como lo que era, un político chapucero, falsario y fanfarrón. La gran promesa de su campaña electoral fue promover un referendo a favor del ’No a la Otan’ pero cuando accedió al poder faltó a su palabra, mintió a sus votantes y dijo ‘Si a la Otan’. Llach se sintió burlado, chasqueado y estafado. Habia actuado gratuitamente en muchos mítines creyendo de buena fe que el Gobierno socialista iba a desvincular a España del Bloque del Atlántico Norte para conseguir un mundo libre. Gracias al conformismo del PSOE la bandera de España ondea desde entonces en la OTAN. Pero González había incubado un virus letal a su partido que diez años más tarde le llevaría a perder las elecciones y pasar a la oposición. 

Ahora diría Llach: Assassins de raons, de vides, que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies i que,  en ‘Campanades a mort’, fan un crit per la guerra dels miles de fills que han perdut les campanes negres

Dicho en otras palabras. L’autèntic camí per obtenir un canvi radical, nacional i polític en el nostre país, és la insurrecció i la resistència perquè la independència d’una nació només s’aconsegueixen així.