NO SE HIZO NINGUNA HUELGA: FUE UNA MOVILIZACIÓN GENERAL

Según escribió Alex Tort en la ‘Vanguardia’ de hace pocos días, la noticia de la manifestación del pasado 21 de febrero en Cataluña tenía dos titulares: El primero, de cariz sindicalista con el lema “Vaga general. Sense drets no hi ha llibertats” y el segundo, claramente soberanista con eslóganes similares a “Tombem el règim” o “Ho tornaríem a fer”. 

           Los medios televisivos y los periódicos más afines al unionismo y contrarios al derecho inalienable a la autodeterminación de los pueblos destacaron la parte negativa del acontecimiento: ‘fracaso absoluto de la huelga general’, ‘la mayoría de comercios operaron con predominante normalidad; ‘en los barrios abrieron todas las tiendas’… ’En el paseo de Gracia – pusieron como ejemplo – hubieron fuertes enfrentamientos con la policía que causaron 53 heridos por agresiones’. Pero se olvidaron de publicar que decenas de miles de personas convocadas por ‘Òmnium Cultural’ y la ‘ANC’ se manifestaron en diferentes puntos de Cataluña como protesta por el juicio del Tribunal Supremo contra los dirigentes independentistas catalanes. En Barcelona, la marcha unitaria congregó a unas 40.000 personas según la Guardia Urbana, cifra que los organizadores elevaron a 200.000. En Girona fueron 70.000, según estimaciones de la Policía Local y en Lléida y Tarragona tres cuartos de lo mismo. Fue sin duda alguna un triunfo de la democracia frente al totalitarismo y la oligarquía del Estado opresor.

El error fue de inicio. La huelga no prosperó porque se anunció como lo que no era, un conflicto laboral, mientras que la movilización general fue un éxito en toda Cataluña. Pero la causa del fracaso de la desocupación fue la convocatoria de huelga general – craso error- que efectúo Carles Sastre secretario general del sindicato ‘Intersindical CSC’, antiguo miembro del ‘Exèrcit Popular Català –me remonto a la década de los 70- y condenado a 30 años de cárcel como coautor del asesinato de José María Bultó, un empresario barcelonés al cual explosionó una bomba en el pecho. Años más tarde, Sastre, fue condenado a otros 18 años por pertenencia a banda armada. En total 48 años de condena que le obligaron a recorrer miles de kilómetros hacia la derecha para pasar de ser un revolucionario independentista a un líder convergente de un sindicato minoritario con pretensiones políticas conservadoras.

La huelga es un derecho que la Constitución reconoce a los trabajadores que consiste en la cesación temporal, colectiva y concertada de la prestación del trabajo como medida de presión en defensa de sus intereses. No lo digo yo; lo dice la ley y la doctrina del desprestigiado tribunal de garantías. Ahora bien, la normativa existente considera ilegales las huelgas que se planteen con fines ajenos al interés profesional de los asalariados. En concreto las huelgas políticas y, en algunos supuestos, las solidarias. 

Sastre, conocedor de estas excepciones, convocó la huelga con el lema «Sense drets no hi ha llibertat», reivindicando presuntamente la derogación de la reforma laboral, un salario mínimo de 1.200, la recuperación de las leyes sociales anuladas por el TC, la igualdad de trato y oportunidades a hombres y mujeres en los centros de trabajo y un servicio publico de calidad y con unas condiciones laborales dignas. 

Una vez más fue el pueblo quien con su presencia masiva en la calle salvó la situación. Ya lo escribí una vez: Personalmente creo en el pueblo de Cataluña, pero no en sus mandatarios. Creo que todo esta dicho. En Cataluña sobran políticos partidistas que se aprovechan del proceso independentista, y que utilizan la buena fe de sus ciudadanos para mantener sus privilegios y los beneficios materiales inherentes a sus cargos. Son personajes ‘non gratos’, carentes de principios y sentido común, que no se merecen mi respeto ni consideración. Pero existen otros aún peores. Los de segunda fila: los que solo quieren medrar para sustituir a sus caudillos y que, ni tan siquiera, saben mentir. 

NICOLÁS MADURO CONTRA DONALD TRUMP Y PEDRO SÁNCHEZ

Cuando los medios informativos de media Europa anunciaron la entrevista de Jordi Évole al Presidente Maduro, los partidos conservadores más recalcitrantes de la católica e indivisible España se alzaron en pié de guerra. Cerraron los oídos a la lógica y trataron sin consideración a Évole, usando expresiones homófonas y retrógradas. Arcadi Espada de Ciudadanos llegó a afirmar que si entrevistas al asesino, eres igual de criminal que él. Sus antagonistas de papel higiénico le tacharon de defender a un ejecutor de masas que era ‘amigo suyo de toda la vida al igual que ahora lo es de los independentistas catalanes, esos que quieren salir de España”. Como colofón a toda esta sarta de desaguisados, algunos líderes del Partido Popular compararon al Movimiento Bolivariano Revolucionario con el procés catalán. Todo un honor.

Évole, coaccionado por esta colección de cuervos y sabandijas, se transformó en un detractor de Maduro a quien censuró y agredió con sus palabras. Pasó de ser un periodista comprometido, ético y veraz, a comportarse como un fiscal de tres al cuarto, de esos que, con interrupciones y salmodias, intentan que el acusado diga lo que no quiere. Su entrevista no fue el muestreo veraz y objetivo del momento histórico que vive el pueblo venezolano que los televidentes esperaban ver. Évole se convirtió en un lacayo de Pedro Sánchez, esbirro a su vez de Donald Trump y de Angela Merkel y de otros estadistas que legitiman al ‘autoproclamado’ Juan Guaidó como presidente interino de aquel país.

Los servicios del CNI debían haber informado al Presidente del Gobierno que en 2003 Guaidó, junto a un grupo de activistas de extrema derecha de la ‘Universidad Católica Andrés Bello’ de Caracas, fue adiestrado por la CIA para socavar el gobierno socialista de Venezuela, desestabilizar el orden y para que, en un día no muy lejano, pudiese tomar el poder. También le hubiesen hecho saber que el 5 de octubre de 2005, en pleno apogeo de Chávez, el autoproclamado Guaidó partió hacia Belgrado para recibir instrucción sobre la teoría y práctica de una insurrección. En 2007 lo mandaron a Washington D.F. Allí participó en un master sobre gobernabilidad y gestión política dirigido por Luís Enrique Berrizbeitia, el economista neoliberal más acreditado de América Latina y ex director ejecutivo del Fondo Monetario Internacional. Hace pocos meses Trump decidió que Guaidó iba a ser el nuevo Presidente de Venezuela.

Consciente de todo esto, Maduro, en su entrevista con Évole se mostró frío e imparcial. Respondió a todas sus preguntas imperturbable y serenamente.  No se refirió directamente a Guaidó y su relación con la CIA, aunque sí se mostró temeroso de que Trump optara por invadir Venezuela asunto prioritario de su orden del día. “Tenemos que defender el derecho a vivir en paz en Venezuela. EE.UU. quiere  regresar al siglo XX a base de golpes de Estado, de movilizar militares en pie de guerra, de crear gobiernos títeres y de saquear los recursos de la población”. Aseguró que Trump saldría de Estados Unidos con las manos manchadas de sangre porque siel imperio norteamericano ataca el país, concluyó, miles de venezolanos inocentes acabarían pagando con su vida”. Évole inistía; pretendía una rectificación, a lo que Maduro replicó: «han sido muchos y graves los errores cometidos por el capitalismo rapaz. La humanidad está obligada a sacar lecciones. Hay que recordar que la coalición Bush-Aznar llevó a la guerra de Irak, y pagaron con su vida millones de personas inocentes.  Las muertes de Gadafi y Saddam Hussein fueron dos crímenes de Estado avalados por Occidente. Voy a impedir que ese genocidio se reproduzca en Venezuela». 

Con Pedro Sánchez fue igual de contundente. Su referencia al ‘procés’ puso cátedra a la política catalana. «No aceptamos ultimatums de nadie. Es como si yo le dijera a la Unión Europea que le doy siete días para reconocer a Cataluña como República», declaró el líder chavista. «¿Porqué la Unión Europea tiene que ordenar a Venezuela que repita las elecciones presidenciales que se hicieron en mayo de 2018? Me avergüenza que Sánchez reitere la historia de Aznar. Es un farsante. Él sí que no fue elegido por nadie. Debería convocar elecciones ya que el pueblo español no le votó».

Sánchez se equivocó. Se sometió a ciegas a la voluntad de Trump y de Merkel sin tener en cuenta los antecedentes políticos y personales de Guaidó. Cuanto menos, por prudencia, debió esperar a que el recién autonombrado presidente convocara unas elecciones libres, universales, directas y secretas tal como le exige la Constitución venezolana de 1999. Porque para que una democracia sea firme y sólida es preciso actuar con la máxima información posible. Y respecto a Évol, recordarle el principio de mayordomía de la ética periodística: la opinión es libre pero los hechos se han de acatar y respetar.

LA FALSEDAD DE LA POLÍTICA

‘El vicio del poder’ (“Vice”) de Adam McKay, director y guionista independiente, es un documento fehaciente y auténtico sobre la falsedad de la política; un testimonio cinematográfico, siniestro y vomitivo a la vez, que reconstruye la reciente historia mundial a través de un relato mordaz y despiadado sobre Dick Cheney, el vicepresidente de Bush, Jr. Cheney fue el factor ejecutante de la guerra contra Sadam Hussein que se saldó con la muerte de 600.000 civiles, un millón de heridos y 80.000 mutilados iraquíes. Un genocidio que Cheney justificó con una sarta de mentiras sostenidas incluso ante la ONU y mediante torturas sistematizadas e infringidas con total impunidad a presuntos terroristas. (Interrogatorios en la sombra”, según él).

Su total y absoluta falta de escrúpulos, su dominio estratégico y control de los pozos de petróleo y la probada ineptitud de George W. Bush que, al igual que Donald Trump, no fue más que un títere irrisorio y ridículo que se agrandó al dedicar más tiempo en empinar el codo que a atender los asuntos de estado, hicieron posible que Dick Cheney accediera a la vicepresidencia convirtiendo un cargo vacío de responsabilidad en el centro de poder de un Gobierno que ha pasado a la historia como el máximo responsable de la magnicida respuesta a los atentados del 11 de septiembre.

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