UNA CHICA AMERICANA

Una chica nacida en Brooklyn, el año 36 del siglo pasado, escribió un
libro sobre los primeros días de la guerra civil en Cataluña, antes de que lo hicieran Ernest Hemingway, George Orwell y André Maurois. Se decía Muriel Rukeyser, y en su novela, Savage coast, traducida por Eulalia Busquets y publicada por la editorial Rata en catalán, narró los avatares de la revolución anarquista contra el alzamiento del general Franco. Lo definió como un aberrante fin de truenos que se proclamó salvador de la patria para poder perpetrar su sedición y su magnicidio, y así asegurándose el dominio del Estado. Muriel vio cómo los soldados rebeldes no inmolaban a sus enemigos sino al «mal» porque, para ellos, matar «rojos» era un deber
ante Dios. El dictador lideró el país con un despotismo bárbaro y grosero. No tuvo suficiente con «capturar y desarmar al «Ejército Rojo «. Durante cuarenta años continuó matando a rojos, masones, separatistas y desafectos con fusilamientos masivos, tiros en la nuca y el infame garrote vil que tanto le gustaba. El sábado 18 de julio de 1936, Muriel, con tan sólo 22 años, viajaba en un ferrocarril lleno de turistas que iba desde Francia a Barcelona. A la joven escritora, al mirar por la ventanilla, le pareció que el mar estaba completamente extendido, cortado por la luz del sol. Eran las antiguas aguas del Mediterráneo, grises y temblorosas, que sólo mostraban una tímida brillo. Pero el tren nunca llegó a Barcelona. Según Rowena Kennedy, su editora americana, el convoy se detuvo como punto final en Montcada i Reixac debido al alzamiento franquista. Allí conoció a un socialista de las Brigadas Internacionales con el que vivió una historia de amor que duró hasta que el miliciano murió en el frente. Muriel presenció el estallido de la guerra y el ambiente que vivía entonces la sociedad, que como hoy, estaba marcado por los anhelos de independencia de la ciudadanía y sus maneras de hacer y de ser. También colaboró ​​con grupos revolucionarios que hacían tambalear la sociedad facciosa perpetrando acciones furients y tormentosas. Ariel describe en su libro, el hambre, el estraperlo, los fusilamientos a los muros del cementerio, la gente que huía hacia el exilio y los muertos.

Al finalizar la guerra, las autoridades franquistas exhumaron más de mil doscientos cadáveres en el cementerio de Montcada. De estos difuntos, setecientos, nunca estuvieron identificados. El número de víctimas es mayor porque muchas fueron incinerados en los hornos de la cementera Asland muy cercana al cementerio. Muriel estuvo poco tiempo en Barcelona pero suficiente como para componer cuatro ensayos, innumerables poemas y la novela que os comento sobre el golpe de estado militar en Cataluña y la respuesta revolucionaria del pueblo que la transformó. Después escribiría sobre las dictaduras, el nazismo de Hitler, el fascismo de Mussolini, la intromisión del gobierno estadounidense en la guerra de Vietnam, las reivindicaciones anti-racistas de los negros de Alabama y la caza de brujas del senador McCarthy. Fue una agitadora de la libertad. Siempre defendió activamente al pueblo en contra de los intereses partidistas, los derechos políticos y sociales de las personas, el feminismo, la autodeterminación de las naciones, la inmigración, la ecología y el medio ambiente y, por encima de todo, la paz. Pero el gobierno de su país, como castigo a su insubordinación, le censuró Savage Coast durante más de cuarenta años.

Anteayer tuve una pesadilla. Imaginé que la Muriel continuaba viva y que volvía a Cataluña para rebelarse contra la tibieza y moderación de los políticos catalanes frente el intolerante descaro de la rígida e intolerable España. Leería la ignominiosa y repugnante sentencia del Procés. Tendría noticia de que el gobierno había montado un indecente espectáculo en el que, sus protagonistas, los presuntos servidores del orden y la ley, actuaban como sicarios del sistema y en el que, los jueces, se habían convertido en servidores de el ejecutivo. Pero también descubriría que el pueblo, marcado por su espíritu resistencia, seguía reclamando una República catalana popular, libre e independiente.

Pero al despertar me di cuenta que Muriel, la autora de Savage Coast, brutalmente despreciada y rechazada por el Gobierno de su país, ya no existía, y que todo lo que soñé, no había sido más que una bonita ilusió

Al finalizar la guerra, las autoridades franquistas exhumaron más de mil doscientos cadáveres en el cementerio de Montcada. De estos difuntos, setecientos, nunca estuvieron identificados. El número de víctimas es mayor porque muchas fueron incinerados en los hornos de la cementera Asland muy cercana al cementerio. Muriel estuvo poco tiempo en Barcelona pero suficiente como para componer cuatro ensayos, innumerables poemas y la novela que os comento sobre el golpe de estado militar en Cataluña y la respuesta revolucionaria del pueblo que la transformó. Después escribiría sobre las dictaduras, el nazismo de Hitler, el fascismo de Mussolini, la intromisión del gobierno estadounidense en la guerra de Vietnam, las reivindicaciones anti-racistas de los negros de Alabama y la caza de brujas del senador McCarthy. Fue una agitadora de la libertad. Siempre defendió activamente al pueblo en contra de los intereses partidistas, los derechos políticos y sociales de las personas, el feminismo, la autodeterminación de las naciones, la inmigración, la ecología y el medio ambiente y, por encima de todo, la paz. Pero el gobierno de su país, como castigo a su insubordinación, le censuró Savage Coast durante más de cuarenta años.

Anteayer tuve una pesadilla. Imaginé que la Muriel continuaba viva y que volvía a Cataluña para rebelarse contra la tibieza y moderación de los políticos catalanes frente el intolerante descaro de la rígida e intolerable España. Leería la ignominiosa y repugnante sentencia del Procés. Tendría noticia de que el gobierno había montado un indecente espectáculo en el que, sus protagonistas, los presuntos servidores del orden y la ley, actuaban como sicarios del sistema y en el que, los jueces, se habían convertido en servidores de el ejecutivo. Pero también descubriría que el pueblo, marcado por su espíritu resistencia, seguía reclamando una República catalana popular, libre e independiente.

Porque en la, fin la buena gente se ha dado cuenta, al igual que ella, de que en España no hay democracia y que los partidos catalanes con una única excepción, no desean la independencia. Anteponen sus intereses políticos y económicos a combatir la represión del estado. Pero al despertar me di cuenta que Muriel, la autora de Savage Coast, brutalmente despreciada y rechazada por el Gobierno de su país, ya no existía, y que todo lo que soñé, no había sido más que una bonita ilusión.

EL OCTUBRE CATALAN

La indignación popular que ha provocado la sentencia del proceso es la causa de los episodios de violencia que se van produciendo en Cataluña. El veredicto de los siete jueces del Tribunal Supremo, una decisión execrable contraria a ley, inconstitucional e incompatible con el sentido común que condena a 100 años de prisión a los acusados, ha suscitado la revuelta. Los condenados, todos ellos miembros del Gobierno de la Generalidad, a excepción de dos líderes populares ajenos al Ejecutivo, sólo ejercían derechos fundamentales. El pueblo, consciente del silencio de los partidos independentistas frente a las falsedades y mentiras del poder judicial y de la hipócrita consigna a manifestarse pacíficamente, se ha rebelado. La ciudadanía ha comprobado una vez más que los políticos no quieren la independencia. Es el pueblo quien, cansado de ser súbdito de España, quiere una república popular, libre e independiente. El resultado era previsible. John F. Kennedy ya lo había declarado en uno de sus discursos, «los que impiden una revolución pacífica nunca podrán evitar una revolución violenta».

Durante la primavera de 1968 me encontraba en París por razones profesionales. Allí conocí Daño Cohn-Bendit, apodado «el rojo», un estudiante de la Universidad de Nanterre que lideró «el mayo francés», un movimiento pacífico, espontáneo, cultural y político para cambiar el sistema democrático y construir un mundo mejor. También estaban Emma Cohen, Mario Gas, la Elvira Posada y Paco Ibáñez, entre otra gente de aquí. El «mayo francés» se inició como respuesta a la injusta detención de Xavier Langlade, un estudiante presuntamente comunista que motivó una serie de revueltas estudiantiles en la Sorbona. Días más tarde unos 11 millones de ciudadanos y trabajadores de toda Francia apoyaron a los universitarios como protesta contra la policía. Fue una gran huelga general que permaneció viva durante dos semanas como reto para la indiscriminada actuación policial contra los universitarios. La mayoría de los catedráticos y profesores de la Sorbona se pusieron a su lado y Sartre y Chomsky se convirtieron en sus líderes.

A pesar de los muchos años transcurridos, al comparar las dos curvas, «el mayo francés» y «en octubre catalán», me parecen similares. La finalidad de la catalana es mucho más concreta: independencia y República. El motivo de la de París era mucho más utópica, mejorar la democracia y la consecución de un mundo mejor. Pero ambas pasaron de ser pacíficas a violentas, por la extralimitación policial.

Una vez, Daño «el rojo» me preguntó si, en España, había una respuesta popular firme contra Franco. Le dije que no. Tuve que ponerlo al corriente de los sucesos de Madrid y Barcelona, ​​que, desgraciadamente, quedaron en agua de borrajas. «La clave está en la Universidad me dijo; fíjate en lo que está pasando aquí, un país como Francia en plena democracia. En una dictadura debe ser más fácil arrebatar el poder al sátrapa ». Añadí que «España era diferente». Que en 1968, lleno de acontecimientos políticos en otros países -el mayo francés, la primavera de Praga, la revolución cultural china, la muerte del «Che» …-, en la España de Franco no haberse ninguna. Tuve muy claro que Daño «el rojo» no conocía la represión franquista, los expeditivos medios de los militares y las torturas de la Brigada Político.

Mientras tanto, en París, los estudiantes tomaron la calle. La revuelta se extendió como un reguero de pólvora. Fueron miles los ciudadanos que cargaron contra la policía exigiendo la liberación de los detenidos. Aún así la Sureté cogió casi 600 rebeldes. Aquella turba de manifestantes se comportaba igual que las guerrillas de la Resistencia durante la invasión nazi: empleando una técnica de hostigamiento con escaramuzas de corta duración. Cuando los disturbios cesaron, el espectáculo era estremecedor: 125 coches destruidos, 247 policías heridos, calles devastados, 469 detenidos.

Por el contrario, el movimiento de «octubre catalán» aún no puede ofrecer resultados definitivos pero sí una seria advertencia para el presidente Sánchez, los jueces y fiscales, Marchena, Zaragoza, Llarena y Madrigal, el ministro Grande-Marlaska y el resto de los sus responsables. En París fue destituido el Ministro de Educación y De Gaulle se vio obligado a disolver la Asamblea Nacional y a dimitir después de su cargo de presidente. En la España socialista o del PP, que viene a ser lo mismo, los pensamientos de los jóvenes, estudiantes y obreros han sido archivados durante muchos años en las mazmorras de la Dirección General de Seguridad para que no perturbaran la paz de las buenas gentes. Malvivían, todos ellos, anulados por la Iglesia, la coerción y el hambre, y los presuntos principios democráticos de la Transición. Ahora, por fin, algo ha cambiado.

VIVIR EN UN SEPULCRO

La falta de libertad, la más oscura de las parcelas del aparato judicial, anula la voluntad de las personas, las degrada y veja hasta convertirlas en ruinas físicas y morales. Así definió el poeta Miguel Hernández las cárceles. Son miles las evidencias y testimonios que dan fe de aquella infinita degradación. Con una carta que envió a Josefina Manresa, su mujer, escribió: «Cuando aquella puerta maciza de metal se cerró a mi espalda, enfrenté a mi peor pesadilla. Sabía que siempre tendría que vivir encerrado en una ceja, círculos por tres paredes, un colchón, un bloque de hormigón que actuaría en lugar de mesa y un lavabo muy pequeño. Era consciente de que la única interacción humana que tendría serían unas pocas palabras con los carceleros, a los que no se les permitía entablar conversación conmigo «.

Miguel Hernández fue un preso político, al igual que ahora, mal que les pese, lo son Jordi Sánchez, Jordi Cuixart, Carme Forcadell, Joaquim Forn, Jordi Turull, Raül Romeva y demás cautivos de España juzgados en Madrid por el Tribunal Supremo. El poeta fue detenido y condenado a muerte por ser ‘miliciano de la cultura’ – recitaba versos en las trincheras de los republicanos – aunque no lo pudieron ajusticiar porque murió de tuberculosis en el penal de Alicante en marzo de 1942. Los políticos y activistas catalanes de ahora, al igual que él, tan sólo explicaron al pueblo la posibilidad de cambiar el futuro, por lo que, sin haber sido sentenciados a pena de prisión, han sido secuestrados casi dos años por su ideología independentista . Las cárceles son crueles y degradantes y, por desgracia, siguen siendo mazmorras de soledad.

Los ciudadanos que votaron ‘Sí’ en el plebiscito del 1-O son conscientes de esta realidad. Los políticos no. Al igual que el PSOE, que quiere aparentar ser de izquierdas, los partidos catalanes quieren parecer independentistas. Pero ni unos ni otros son lo que dicen ser. Lo único que desean es ganar las elecciones por mayoría, sin el apoyo de las otras facciones. En estos momentos, Pedro Sánchez, eterno presidente en funciones, por razones de estrategia política no dice lo que piensa, al igual que tampoco lo hacen los dirigentes de los partidos soberanistas de Cataluña -algunos dicen que esta es la esencia de la política: engañar -mientras a la gente. Muchos de los que se llaman independentistas ni lo son, ni piensan serlo. El futuro de España, guste o no a los que proclaman su unidad irrefutable, está determinado por la abolición de la monarquía y para que el Estado reconozca Cataluña como una república independiente integrada, como miembro de pleno derecho, en la futura Europa de las Naciones. Un proceso que se debe llevar a cabo desde el diálogo, el consenso, la solidaridad y la ponderación, no desde la intransigencia, el patriotismo mal entendido, la cortedad de miras, y la melancolía.

Durante los primeros años del franquismo todo el mundo sabía quién era cada uno, y antes de la guerra también. Todo el mundo conocía a los protagonistas de la Barcelona industrial y la de los sindicatos de pistoleros pagados por sacerdotes y empresarios que participaban en toda clase de luchas sociales y proletarias. Mauro Bejatierra, Buenaventura Durruti y otros. Después de la guerra, los escritores y políticos más notables que ampararon la rebelión en Cataluña fueron los falangistas Luys Santa Marina y Félix Ros, y los que huyeron hacia el exilio fueron Marià Manent, Josep Pla, Ignacio Agustí y Tomás Garcés, algunos de ellos con posiciones radicales que iban desde el ultranacionalismo fascista de Foix al liberalismo de Manent. Franco nombró al gran poeta Josep Carner, a quien gustaba ir de esmoquin en todo momento, alcalde de Génova, Le Havre y Beirut. Otros, como Eugeni d’Ors -amigo de Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo- se paseaban por la Gran Vía madrileña llevando disfraces de uniforme falangista que el poeta de Vilanova y la Geltrú había diseñado, haciendo gala de su ideología. Otros literatos que vivieron la guerra en Barcelona, ​​como Sebantià Juan Arbó, López Pico o Carles Riba eran manifiestamente republicanos y se pusieron al servicio de la Generalitat. Por último me referiré a Pere Quart quien, al regresar a España, se afilió al Partido comunista.

En aquellos tiempos esto iba así. Los había de todos los colores. En nuestros días es muy diferente. Nadie sabe quién es quién. El pueblo desconoce lo que piensan estadistas como Artur Mas, Pere Aragonés, Miquel Iceta o Quim Torra por poner un ejemplo. Y, lo que es peor, no se cruzan los romances, chistes y zarandajas que pregonan parlamentarios de ERC como Gabriel Rufián o Joan Tardà en el Congreso de los diputados. Actualmente los políticos catalanes que se llaman soberanistas tienen un único y mismo discurso: la independencia. La mayoría mienten. Sólo los afecta a los intereses de cada uno de sus partidos, ganar la mayoría para poder gobernar y seguir disfrutando de los privilegios y prebendas que ello les supone. Nadie se cree que los inquiete el futuro de los patriotas catalanes maldad, ni la excusa que hay que esperar la sentencia del proceso para proponer una réplica colectiva. Si no lo hicieron cuando los encarcelaron tampoco lo harán ahora. El veredicto será condenatorio. Los abogados de los sentenciados tendrán que recurre a las altas instancias judiciales europeas para conseguir su liberación. Y esto conlleva vivir en un sepulcro durante muchos años.