MIQUEL ICETA: TRAIDOR, INCONFESO Y MÁRTIR

Los espías, los 007 de turno que aparecen en las películas de James Bond, son remunerados por sus jefes políticos con prebendas o dinero. Los topos, infiltrados o quintacolumnistas de cualquier país, cobran a tocateja de las cloacas del Estado. Pero no siempre fue así; el cónsul romano Quinto Servilio se negó a gratificar los sicarios que había contratado para matar Viriato. ‘Roma no paga a sus traidores’, les dijo. El PSOE, sí ‘, añado yo. Pedro Sánchez, jefe de Gobierno en funciones de la España borbónica de Felipe VI, ha premiado a Iceta por ser un abanderado del federalismo español (sic) nombrándole presidente del Senado, sin el consenso del Parlamento que es quien tiene la última palabra . Iceta siempre ha sido la cabeza de la quinta columna del PSOE. La regentaba ya con José Montilla entre otros conjurados contra Pasqual Maragall. El recientemente fallecido Alfredo Pérez Rubalcaba, entonces ministro de Gobernación de Felipe González, los captó, adiestrar y poner en marcha.
La Quinta columna está formada por un conjunto de políticos unionistas para obstaculizar la marcha de Cataluña hacia su independencia. Sus miembros actúan desde dentro del aparato de algunos partidos en maquiavélica convivencia con el PSOE o el propio PP para frustrar el proceso independentista iniciado por Maragall. Se infiltran en las filas del PSC, ERC o PDeCAT, como militantes para paralizar y reprimir desde el sebo lugar la independencia para conseguir la victoria del régimen absolutista. Colaborando así con el estadista de turno.
En la actualidad, Iceta, principal opositor del independentismo, no se esconde, actúa a la vista de todos. Apoya el PP, a VOX y Ciudadanos. Ha dejado de liderar un PSC libre, vagamente democrático y se ha convertido en servidor a ultranza de los socialdemócratas españoles, y en socio de Millo, Albiol, Arrimadas, Carrizosa, Sánchez y la exministra Montserrat con quien coreó ‘Y viva España ‘en una manifestación unionista. Pero Iceta no es un traidor a su patria, ni tampoco un botifler, porque no ha engañado a nadie. Nunca se ha sentido catalán. Tan sólo es un delator, anodino y renegado, y que como Montilla, se siente español hasta el tuétano. Ninguno de los dos guardan ya las apariencias.
El Proceso se inició con Maragall cuando era presidente de la Generalitat. Su principal proyecto de gobierno fue la reforma del Estatuto que cambió de arriba abajo. En septiembre de 2005 el Parlamento lo aprobó por mayoría. Sin embargo la línea dura de los populares, bajo la mirada crítica del Rey y la colaboración de algunos estadistas socialistas, inició una campaña de desprestigio, acoso y derribo de la nueva ley catalana porque ‘significaba un grave peligro para la unidad de España ‘. El mismo discurso unionista de siempre. El resto ya lo conocéis: Maragall fue defenestrado, víctima del complot de la quinta columna dirigida por Iceta. Pero el redactado definitivo del Estatuto se aprobó por dos cámaras aunque cuatro años después el TC, a demanda del PP, lo declaró inconstitucional.
Miquel Iceta fue siempre un enemigo a muerte de Pasqual Maragall. Ambos provenían de culturas opuestas. El primer representaba la lealtad familiar, el interés por solucionar los problemas de los ciudadanos, la apología del proceso soberanista ante la opresión estatal y la defensa de las minorías mientras que el otro, Iceta, simbolizaba el PSOE, la ortodoxia , el servicio de la causa unionista y la defensa a ultranza de la monarquía y la unidad de España a la contra del proceso catalán.
Según «El País», Sánchez nombró a Iceta para mantener el debate del Estado de las Autonomías y promover la reforma del Estatuto catalán y la Constitución. Anabel Díez, autora del artículo, engaña a sus lectores. Los pretende colar una mentira. Iceta ha sido premiado por su traición en Cataluña. Le han pagado por sus servicios en España con una propina vil y despreciable. Otro acto de terrorismo de Estado contra aquellos que, pacíficamente, aspiran a ser ciudadanos de una República catalana, popular, libre e independiente.

CAMPANADES A MORT

Quaranta anys després -diría hoy Lluis Llach – el poble es recull quan el lament s’acosta als nostres dies i l’extermini d’una nació persegueix les nostres memòries, Porque -esto lo digo yo- las Campanades a Mort suenan más fuerte que nunca.

El autor de ‘L’Estaca’ luchó siempre por la igualdad, la democracia, la independencia, la libertad y la vida. Esas fueron las razones que ilustraron su declaración ante el más calumnioso, degradante y vergonzoso proceso de nuestra historia. Llach plantó cara a los jueces. Lo hizo con elegancia, sin ponerse lívido ni mudar de semblante o alterar la voz. Pero su cara a cara, abierto y claro, hizo que los inquisidores de oficio cambiasen de fisonomía: sus facciones se quebraron; sus rasgos se volvieron pálidos, carilargos y rubicundos. Por un momento dejaron entrever su odio hacia Cataluña. 

Cuando Javier Ortega Smith, abogado de VOX, inició su interrogatorio, Llach denunció su presencia en el juicio por representar a un partido de ultraderecha y expresó su protesta como ‘ciudadano homosexual, independentista y aspirante a serlo de todo el mundo’. Dió respuesta a los tres objetivos de este moderno Consejo del Santo Oficio instituido en 1478 y felizmente recuperado en pleno siglo XXI por el PP: defender la fe, perseguir la herejía, acabar con el soberanismo catalán y mantener la unidad de la monarquía borbónica. Los acólitos de aquel tribunal de la Inquisición le devoraron con la mirada. El presidente de la Sala le reprendió. Lo hizo con su habitual hipocresía y aparente corrección. Pero el cantautor catalán sabía que Manuel Marchena es el sucesor por derecho propio de los jueces inquisitoriales que condenaron a morir en la hoguera a miles de judíos, moriscos, herejes, brujos y homosexuales. Decidió prestar declaración.

No lo hizo por miedo sino que, por el contrario, tuvo el valor cívico de autoinculparse. Confesó que fue él quien sugirió a Sánchez y Cuixart, los Jordis, que se subieran encima de los coches de la policía para que les viese todo el mundo y pudieran desconvocar a la multitud. Se proclamó cooperador necesario del delito de rebelión que proclaman los fiscales. Años atrás se había querellado contra Felipe González cuando éste ya era Presidente de Gobierno. Fue una gesta solidaria, heroica y sin duda temeraria. En aquellos tiempos, me remonto a 1982, era de todo punto imposible llevar a juicio al Rey, al Presidente de Gobierno y a otros jerarcas del Estado.

Felipe se comportó como lo que era, un político chapucero, falsario y fanfarrón. La gran promesa de su campaña electoral fue promover un referendo a favor del ’No a la Otan’ pero cuando accedió al poder faltó a su palabra, mintió a sus votantes y dijo ‘Si a la Otan’. Llach se sintió burlado, chasqueado y estafado. Habia actuado gratuitamente en muchos mítines creyendo de buena fe que el Gobierno socialista iba a desvincular a España del Bloque del Atlántico Norte para conseguir un mundo libre. Gracias al conformismo del PSOE la bandera de España ondea desde entonces en la OTAN. Pero González había incubado un virus letal a su partido que diez años más tarde le llevaría a perder las elecciones y pasar a la oposición. 

Ahora diría Llach: Assassins de raons, de vides, que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies i que,  en ‘Campanades a mort’, fan un crit per la guerra dels miles de fills que han perdut les campanes negres

Dicho en otras palabras. L’autèntic camí per obtenir un canvi radical, nacional i polític en el nostre país, és la insurrecció i la resistència perquè la independència d’una nació només s’aconsegueixen així. 

LAS MEDALLAS DE LA JUEZ LAMELA

Gusta de coleccionar medallas. Sus preferidas son la Cruz de Plata de la Guardia Civil y la Medalla al Mérito Policial que le impuso el ministro Zoido del PP. Ambas fueron el fruto de los reconocimientos patrios por defender la seguridad nacional y al tesón que pone para encarcelar golpistas, facinerosos, revienta-pisos y sacamantecas. El valor de cada condecoración depende de los años de cautiverio, soledad y tortura que Lamela imponga en sus resoluciones. A veces se equivoca como en el caso de Rosell, Pineda, Besolí,  Ramos, Colomer y Ohannessian absueltos por la Audiencia Nacional de los delitos de blanqueo de capitales tras cumplir 22 meses de prisión –preventiva por supuesto- que les puso en mayo de 2917.

Lamela, que es cristiana vieja por la gracia de Dios, ignora que el cautiverio – según Cervantes –  es el mayor de los males que pueden padecer los hombres”. La falta de libertad, la más sombría de las parcelas del aparato judicial, anula la voluntad de la persona, la degrada y veja de tal forma que la convierte en una ruina física y moral. El poeta Miguel Hernández, otro cautivo de esposas, cadena y capuchón, escribió: “las cárceles se arrastran por la humedad del mundo, buscan a su hombre, lo persiguen, lo absorben y se lo tragan”.

Carmen Lamela estudió derecho y humanidades en la Universidad Pontificia de Comillas, una corporación de la Iglesia dirigida por la Compañía de Jesús. Allí debió adquirir sensatez y sentido crítico para transformar la sociedad, fundamentos necesarios para aplicar la ley y administrar la justicia, pero se esmeró tanto en su trabajo que se volvió carcelaria. El 3 de noviembre de 2017, la ‘Asociación Jueces para la Democracia’  recogió firmas para pedir su inhabilitación ante el Consejo General del Poder Judicial. «La prisión – argumentaron – es un último recurso que ha de ser utilizado con prudencia y moderación pero la jueza Lamela la usa como pena de privación de libertad. La aplica a destajo.” ‘Jueces para la democracia recogió más de 160.000 firmas de juristas en 48 horas.

Otra de las más conocidas hazañas carcelarias de Lamela fue el caso conocido como La insurgencia. La juez convirtió una vulgar pelea tabernaria en una agresión terrorista. Los hechos ocurrieron el 15 de octubre de 2016, en un bar de Alsasua, en que se produjo un altercado sin mayores consecuencias entre dos guardias civiles y sus parejas y nueve jóvenes de 20 años de edad que fueron ingresados en prisión sin fianza. Se enfrentan a penas de entre 12 y 60 años de cárcel. 

Las cárceles han de ser abolidas. El legislador del futuro deberá optar por nuevas opciones sociales para redimir las culpas de los reos. Las consecuencias del cautiverio son infinitas: muertes por sobredosis, sida, suicidios, depresiones irreversibles… La fiscalía tiene que investigar las causas que las motivan; los jueces de vigilancia han de conceder la libertad a los enfermos marginales y los funcionarios de prisiones han de abstenerse de practicar la vejación y la tortura para imponer su autoridad. Solo así los presidios serán menos crueles y degradantes aunque, por desdicha, continuaran siendo mazmorras de soledad.