Tiempos sin retorno

Publicat 4/09/1997

Urge revisar la vía de prisión preventiva cuando gente corriente es encarcelada 840 días antes de ser absuelta. Y más cuando el juez desoye muchas voces y luego la sentencia le enmienda la plana.

Recostada en el muro de su celda, Antonia González oía el rumor de la lluvia al caer sobre el pavimento del patio de Alcalá-Meco. Por el estrecho ventanuco veía el cielo pintado de gris plomizo y una luna pálida que, a pesar de su tristeza, se le antojaba sonriente y le recordaba a Lola. Sintió, como todos los días a la misma hora, los pasos de la ronda, los ruidos de las puertas de la cancela al cerrarse y las voces de la desesperación y la soledad.

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Los ojos de la gata 

Pub: EL PERIODICO Ed: Primera Edicion Dia: 14/10/1997 – Josep Maria Loperena Abogado.
Su mirada, desconfiada y triste, despertó el espíritu de solidaridad dormido tanto tiempo. En cuanto la vieron encinta, la acogieron en la fábrica y le dieron de comer. Sin nombre era una gata gorda y reposada, de afilados dientes y enormes uñas, a punto de parir.

Pero un directivo de la empresa Plásticos Uniplasa sorprendió a Sin nombre sesteando en un cojín multicolor rodeada de raspas de sardina. Estaba prohibido, por razones de salud laboral, alimentar a cualquier animal doméstico. Como no se averiguó qué trabajador había cometido tamaña falta de disciplina, se suspendió de empleo y suelo a Rafael Cucarella, el contramaestre.

El asunto llegó a los tribunales y Gema Palomar, juez de Valencia, anuló la sanción. La sentencia reprende a la patronal por su proceder feudal, más propio del medioevo que de la frontera del siglo XXI. Sin nombre tuvo, al fin, una camada de seis gatitos, pero su pelo brilla menos, ha dejado de ser okupa y vive en la calle. A pesar de todo, ahora es feliz. Sus protectores siguen obrando mal y mantienen a toda su familia. Ella les mira agradecida con sus ojos verdes. Confiada y satisfecha parece suplicarles que acojan a sus cachorros en adopción: Sin nombre no acaba de comprender las virtudes del Estado del bienestar.

No puedo decirte adiós

Publicado 19/03/1997

Era un hombre bueno. Dedicó toda su vida a defender a la clase obrera. Albert Fina fue algo más que un abogado laboralista: militó contra Franco, participó en las luchas obreras, albergó en su despacho a sindicatos clandestinos. Juzgado por el Tribunal de Orden Público (TOP), sufrió persecución y cárcel por ser un combatiente mítico contra la patronal fascista. No sólo hizo cumplir la ley, la atacó cuando era injusta. Respetado por jueces y temido por sus adversarios, Albert Fina lideró a una generación de juristas comprometidos con la lucha de clases.

No creía en Dios. Temía a la muerte, no por la inexistencia de un más allá, sino por el dolor inútil. No fue necesario provocar su fin como deseaba, pues tuvo una partida suave y sin penosas agonías. Dijo que, como a Luis Buñuel, le gustaría salir cada diez años de entre los muertos para comprar periódicos. Espero que pueda cumplir este deseo y leerlos en la eterna nada en compañía de Layret, Companys, Solé Barberà, Salvadores, Pirez, Manté y otros abogados que siguen en la memoria colectiva.

Tras el fin sólo queda el tranquilo y ajeno rotar de los planetas, escribió una vez. Pero se equivocó. No sabía que en el futuro seguiríamos conversando plácidamente a través del Universo.