UN LERROUX DE VÍA ESTRECHA

Albert Boadella traicionó a todos los suyos. A los amigos, a los compañeros, a su país, a los que más la querían salvo a Dolores Caminal, su amada esposa. Era un mal actor pero tenía el don de apropiarse de la inventiva de los demás. Así nacieron ‘Els Joglars’ un grupo de teatro con métodos, criterios y preceptos compartidos. Las locuciones y giros dramáticos se creaban entre todos. Veintidós años después de haber sido injustamente encarcelado por el caso ‘La Torna’, Boadella, sigue profiriendo palabras como malnacidos, hijos de puta o burros de mierda, a todos los que lo protegieron. No fue ésta la única deslealtad de Boadella. Su egocentrismo patológico y su comportamiento esquizoide le han llevado a extremos irracionales.

Vivió en Jafre, un pueblecito del Empordà, donde tenía una carpa en la que ensayaba sus espectáculos. Y así fue hasta que sus vecinos le pidieron a Mossèn Joan Planelles que colocara una Estelada en el campanario de la iglesia, lo que el rector hizo. Boadella se sintió ultrajado, vilipendiado y herido en lo más profundo de su alma. Entonces era ya españolista convencido. Este fue el principio del cisma de Jafre. Su mujer escribió al obispo de Girona, Francesc Pardo, para protestar por la estelada colgada en el campanario. El prelado se ofreció a tener una reunión con ella, pero Dolores Caminal exigió explicaciones públicas. Mosén Planellas, directamente aludido, explicó que la había colgado porque el pueblo se lo había pedido y que ‘si la familia Boadella quería, era libre de colgar la bandera española en su casa’.

La conclusión de la discordia comunal de los habitantes de Jafre, fue muy positiva para Mossèn Planelles a quien el Papa Francisco nombró obispo de Tarragona mientras que Boadella huía hacia Madrid. En la capital del reino fue acogido por Esperanza Aguirre, entonces Presidenta de aquella Comunidad, como un proscrito de la justicia catalana. El PP le dio trabajo, fama y dinero. Más tarde constituyó una asociación de ‘traidores’ llamada ‘Ciudadanos, integrada por Arcadi Espada, Félix de Azúa, Francesc de Carreras y Xavier Perenicay entre otros ilustres españolistas de pro, apadrinados, todos ellos, por Martín Ferrand, Jorge Trías Sagnier y Esteban Gómez Rovira. El único objetivo de Boadella era la venganza. Quería arremeter contra las personas y las instituciones de Cataluña que no premiaron su genialidad con honores, medallas y condecoraciones.

Boadella, que se proclamó a sí mismo el bufón del rey Borbón, como un Lerroux cualquiera, repitió el mismo discurso del PP fomentando un conflicto lingüista inexistente en Cataluña entre los que hablan catalán y los que no lo hablan. Insultó a los políticos del Procés y denunció la mentira de la persecución del castellano, de la destrucción de los símbolos españolistas y del ejercicio del derecho a la autodeterminación. Se permitió decir ‘burro catalán’ al Presidente de la Generalitat y en mofarse de las instituciones del país, olvidando que, antes de hacer ‘La torna’, había declarado públicamente que era un ‘independentista contumaz’. Además, según él, se había hecho merecedor por méritos individuales, de la condecoración franquista más preciada, la «Laureada de San Fernando» o como sustitución la Cruz de Hierro del Tercer Reich, pero ninguna de ellas le ser concedida.

Después, siguiendo su costumbre de concederse títulos a sí mismo, se proclamó presidente en el exilio de «Tabarnia», una entelequia que se inventó para recuperar una nueva comunidad autónoma española, totalmente ficticia, que fusionaba comarcas de Tarragona y Barcelona. Entonces juró odio eterno a Puigdemont. «Cataluña presenta todos los ingredientes de una secta, dijo. Los catalanes viven en otro mundo, tienen fuerza, ánimo y sangre para destruir la estructura del Estado». A continuación, Boadella, se trasladó a Waterloo, en la puerta de la casa de Puigdemont como ‘presidente de Tabarnia’ con el objetivo de «celebrar una cumbre internacional al más bajo nivel» entre un presidente legítimo como soy yo y un payaso, engañoso y mentiroso como es él «

Al atardecer de la Diada Nacional de Cataluña, Boadella, se sintió muy abatido y fallecido. Días antes se había desplazado expresamente a Palou, un pueblecito cercano a Granollers, para pedirle a la Virgen de las Nieves, la virgen de la lluvia, que el próximo 11 de septiembre diluviase en Barcelona. Pero su plegaria -esto lo pienso yo- fue tan jocosa, burlesca y en ningún caso apropiada, que a la Virgen no le gustó. Boadella como cómico nunca fue gracioso, como político fue deficiente y escaso, y como persona un necio camorrista.

«LAS FANTASÍAS DEL MUY HONORABLE»

En política casi nunca gana el mejor. La máxima ‘cada nación tiene el gobierno que se merece’ es cierta, pero sólo a medias, porque la gran virtud de la democracia es el sufragio universal. A Quim Torra no lo eligió el pueblo, el nominó Carles Puigdemont por Real Decreto. Entonces bajó del Reino del cielo para hacerse cargo de la Generalidad. En un principio fue una solución de emergencia para la causa independentista motivada por el hecho de que el Presidente y sus consejeros exiliaran en Bruselas, y el resto de mandatarios catalanes fueran encarcelados. Todo fue bien hasta que Torra hablar por hablar. Charlaba por los codos sin lugar a discreción hasta el extremo de no saber si sus palabras eran tonterías, fantasías de un tonto, o malas interpretaciones de lo que le señala el presidente Puigdemont. Al inicio del juicio contra los patriotas catalanes se declaró ignominiosamente ‘preso político’. El pueblo que es sabio y erudito se dio cuenta que no era una estratega. Percibió que cuando lanzaba improperios contra la gente era para ganar adeptos o porque no descubrieran su incapacidad.

Torra, será juzgado los días 25 y 26 de septiembre por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña por un delito de desobediencia o, subsidiariamente, de denegación de auxilio a la autoridad, ha fin de inhabilitarlo. El móvil, como todo el mundo sabe, es haberse negado a retirar del Palau de la Generalitat una pancarta de apoyo a los patriotas encarcelados durante la campaña de investidura. El juicio no tiene ningún sentido. El Honorable es limitar a ejercitar el derecho a la libertad de expresión. La Junta Electoral Central, entiendo que no tiene capacidad jurídica, ni por lo tanto es competente, para conminar al presidente de una autonomía a sacar un cartel de la fachada de un edificio por muy oficial que sea. Y menos si su contenido no es ilícito ni delictivo. Pero esta no es la cuestión de este escrito. Lo importante para mí es constatar la existencia de una nueva invasión de las fuerzas políticas españolas en nuestro país, son de guerra. Esta vez van cubiertos con togas. Lo hacen para prohibirle al máximo gobernante de esta nación seguir ocupando el cargo de Presidente de la Generalidad. Al final del hilo y está el presidente con funciones, Pedro Sánchez, a quien le estorba la intransigencia de Torra por su investidura. Esta es la clave de este nuevo Procés.

Rajoy dio sepultura a la política en sustituirla por la justicia. El costo fue muy alto: tuvo que renunciar a dirigir el Estado español. Desde entonces lo haría el Tribunal Supremo. La constante incapacidad y apatía de Rajoy para resolver los problemas políticos de su competencia, especialmente el proceso independentista de Cataluña, le impulsó a dejar en manos de la justicia el blindaje de la monarquía borbónica y la defensa de la unidad de España . Una prueba irrefutable de la falta de separación de los tres poderes instituidos por Montesquiu y un hecho execrable que invalidó la democracia en España en confundir el ejecutivo con el judicial. En consecuencia, una decisión que podría convertir al juez Llarena y al resto de magistrados de la Sala Segunda del TS en posibles prevaricadores.

La respuesta del Muy Honorable Presidente de la Generalitat no se hizo esperar. Afirmaciones algo irreflexivas, exclamaciones del disgusto, quejas arbitrarias. Torra, soltó desaguisados ​​como ‘la justicia sólo es lenta cuando quiere’, o acusaciones al juez instructor para actuar con » celeridad interesada ‘. Va fe saber también las muchas irregularidades procesales que ponen en duda la imparcialidad del Tribunal. Es decir, contradijo la opinión generalizada sobre la lentitud e inseguridad de la justicia, un hecho fidedigno puesto de manifiesto por juristas y justiciables que se ha convertido en el principal motivo de preocupación en cuanto al estado de derecho. Torra, como si nada, fue a Madrid para advertir al Gobierno que una sentencia a los presos reiniciaría el proceso de independencia. Seguro, tranquilo e irónico ratificó el ‘no’ a Pedro Sánchez. El resto como ‘el retorno de Suárez en Pedralbes,’ lo volveremos a hacer ‘,’ desobediencia civil ‘,’ huelga general indefinida ‘, etcétera, fueron palabras vacías, que muchos compartimos, pero sin contenido, ya que, por supuesto, no concretó la hoja de ruta.

Sin embargo, los asesores de Pedro Sánchez se equivocaron aconsejando que conminara, mediante el Fiscal General del Estado, al TSJC a querellarse contra Torra por un delito inexistente. Muchos de los ciudadanos que perdieron la confianza en nuestro Presidente, ahora se pondrán a su favor y saldrán a la calle. Porque, a pesar de todo, charlatán o mudo, el Muy Honorable Quim Torra, Presidente del Gobierno de Cataluña, es el primer mandatario de este país, el cual goza de los mismos derechos y atribuciones que su homólogo español. El pueblo catalán es consciente de la falta de respuesta de los partidos independentistas en las patrañas judiciales de estos esclavos del ejecutivo español. La ciudadanía ha verificado una vez más que nuestros políticos no desean la independencia. Es el pueblo quien, cansado ya de ser súbdito de España, quiere formar parte de una república popular, libre e independiente. Su voluntad inquebrantable debiera haber alertado a los jerarcas de Madrid de las posibles consecuencias de su admonición porque, como dijo John F. Kennedy en uno de sus discursos, ‘los que hacen imposible una revolución pacífica, no podrán impedir nunca una revolución violenta ‘.

NIDO DE PARÁSITOS

La repentina salida de tono de Oriol Junqueras sobre la condena a los acusados ​​del 1-O ha causado desconcierto y cierta desazón. Junqueras ha dicho concretamente que la mejor respuesta al fallo del Supremo era adelantar la fecha de elecciones en Cataluña. El líder de ERC ha apremiado a Pere Aragonés, actual Vicepresidente de Gobierno y Consejero de Economía y el más devoto y sumiso de sus monaguillos (y un ‘trepa’ de solemnidad) a ponerlo en marcha. Tardà ha refrendado, en nombre de ERC, su opinión, pero los votantes no lo han entendido. Convocar un plebiscito como única medida de presión contra la inminente sentencia de los presos políticos no tiene ningún sentido. La CUP y el mismo presidente Torra han apostado por «romper con España» con actos de protesta y concentraciones pacíficas.

Por su parte Jordi Sánchez de JxCat, encarcelado en la misma prisión que Junqueras, ha replicado diciendo que «no se debe utilizar para hacer política de partido la sentencia del Supremo como respuesta pública». Todo esto confirma que la división del independentismo es terminal. Mientras Junqueras quiere elecciones y propone negociar con el Gobierno de Madrid, Quim Torra, Carles Puigdemont, y ahora, Jordi Sánchez, defienden todo lo contrario. Este cisma del independentismo en Cataluña lo han aprovechado perversamente algunos medios ultraconservadores españoles, así como el mismo TS, los unionistas en general, los factótums del PP que iniciaron el proceso y el vergonzoso y vil tripartito integrado por Ciudadanos, PP y VOX.

Este maldito lío, extendido por las redes sociales, especialmente para Rufián, Aragonés, Torrent y el colectivo Primer d’Octubre de ERC, ha hecho enderezar el concepto de que la mayor parte de la gente tenía de la estrategia de partidos. Dicen que la política se encuentra inmersa en un estado muy complicado y confuso. No les falta razón. Es cierto que la han herido de muerte las puñaladas que algunos oportunistas, los que la utilizan para beneficiarse, le han clavado olvidando que están al servicio del bien común. Más que estadistas, son politicastros que quieren permanecer en el poder para continuar disfrutando de las prebendas que les dispensaron los votos.

Sin embargo, lo que ha caído como una bomba ha sido la publicación por los medios de la verdadera intención de Junqueras en convocar elecciones. Según ellos, Junqueres pretende conseguir la presidencia de la Generalitat. El caudillo de ERC nunca ha querido enfrentarse al sistema, ni rebelarse contra una injusticia. Sus intereses de partido han predominado por encima de la voluntad popular. Los votantes están indignados. Al fin han sabido que Junqueras, Puigdemont, Torra y Artur Mas arremeten una lucha a muerte para liderar el bloque independentista, con la vista puesta en la sentencia del proceso. Los ciudadanos se han dado cuenta de que algunos políticos aspiran sólo a conseguir el poder por motivaciones ilegítimas: privilegios, dinero y prosperidad y que muchos partidos no son más que nidos de parásitos. Por fortuna no todos son iguales. Saben que en sus filas muchos son los que trabajan como hormiguitas para transformar la sociedad.

La campaña de la prensa Bergantín y vil contra Cataluña no se ha hecho esperar. Alfonso Ussía publicó en La Razón la cifra de participantes inscritos para la próxima Diada, según él «en 2013 superaba los 300.000 y ahora ha bajado a 37.500». Haciendo gala de una ironía de parvulario nacional-católico añadió que «si me permiten los independentistas, me apuntaré para que se alcance la cifra de 37.501». Las organizaciones independentistas reaccionaron rápidamente. Eduard Pujol de JxCat y Marta Vilalta de ERC hicieron un llamamiento a la participación. Elisenda Paluzie, presidenta de la ANC y Marcel Mauri de Òmnium Cultural, reivindicaron una llamada a la unidad de los partidos independentistas. A los pocos días, Quim Torra, Carles Puigdemont y Marta Rovira encabezaban una reunión en Suiza con miembros de la CUP y con altos dirigentes de esas dos organizaciones. nada de nada. no habrá ninguna estrategia unitaria del independentismo para hacer frente a la sentencia del Tribunal Supremo. ERC no quiere ruido. Quiere pactar pacíficamente la situación carcelero de sus encarcelados.

Algunos soñadores piensan que las manifestaciones de protesta que se producirán en Cataluña el 11 de septiembre se aplacarán por causa de la ignominiosa división patente de los partidos independentistas. Yo no lo creo. La gente de la calle mantiene sus convicciones. El veredicto del Supremo, de inminente publicación, será tan represivo y duro que por sí mismo moverá a movilizaciones. Un veredicto perverso, antijurídico, malévolo y demoníaco como consecuencia de la venganza de España, el odio de los que abominan en Cataluña y la preponderancia de los magistrados del Tribunal. El motivo es muy simple: cuando no se tiene la razón se deben inventar argumentos falsos.

El próximo 11 de septiembre la gente saldrá a la calle, pasa de partidos y partidillos. Lo hará por voluntad propia, como lo ha hecho siempre que se ha rebelado contra la injusticia, la opresión y la intolerancia. Ahora clamará más que nunca. Su protesta es la de un país que no quiere vivir sometido y que reclama, como derechos inalienables vulnerados por el poder funesto de los políticos, el regreso de los exiliados, la amnistía de los presos y la prosecución del proceso independentista.